La Búsqueda es el sexto libro publicado por Neville Goddard, en 1946, dentro de la Etapa de La Ley.
A diferencia de los libros anteriores de la colección, este no es un manual de principios ni una guía práctica. Es algo más raro y más personal: un testimonio directo de las experiencias místicas que dieron origen a toda su enseñanza. Neville habla aquí en primera persona, desde el fuego, desde las visiones, desde ese lugar interior donde la conciencia se revela como la única y verdadera realidad.
A lo largo de estas páginas, Neville describe con precisión y hondura cómo la meditación intensa produce una unión con el estado contemplado, cómo nos convertimos en aquello que contemplamos con suficiente intensidad, y cómo la transformación del mundo exterior no puede ocurrir sin una transformación interior previa. No hay argumentos ni fórmulas: hay experiencia vivida.
Este libro ocupa un lugar singular dentro de la colección. Es la voz más íntima de Neville, y es también, en cierto modo, la raíz de todo lo demás.
Aquí comienza el recorrido por La Búsqueda dentro del archivo.
— Indira G. Andrade
La Mente Creadora
Único Capítulo: La Búsqueda
A Victoria. El cumplimiento de un sueño.
UNA VEZ, en un intervalo de ocio en el mar, medité sobre “el estado perfecto” y me pregunté qué sería yo si mis ojos fueran demasiado puros para contemplar la iniquidad, si para mí todas las cosas fueran puras y yo estuviera libre de toda condenación. A medida que me perdía en ese (*)arrobamiento ardiente, me sentí elevado por encima del oscuro entorno de los sentidos. Tan intensa era la sensación que me sentí un ser de fuego habitando un cuerpo de aire. Voces como de un coro celestial, con la exaltación de quienes habían salido victoriosos de un combate con la muerte, cantaban: “Ha resucitado, ha resucitado”, e intuitivamente supe que se referían a mí.
Entonces pareció que caminaba en la noche. Pronto llegué a una escena que bien podría haber sido la antigua Piscina de Betesda, pues en ese lugar yacía una gran multitud de lisiados: ciegos, cojos, paralíticos, que no esperaban el movimiento del agua, como en la tradición, sino que me esperaban a mí. Al acercarme, sin pensamiento ni esfuerzo de mi parte, eran moldeados uno tras otro como por el Mago de lo Bello. Ojos, manos, pies, todos los miembros ausentes, eran tomados de un depósito invisible y moldeados en armonía con la perfección que sentía brotar dentro de mí. Cuando todos quedaron perfectos, el coro exclamó: “Está consumado”. Entonces la visión se disolvió y desperté.
Sé que esta visión fue el resultado de mi intensa meditación sobre la idea de la perfección, pues mis meditaciones invariablemente producen una unión con el estado contemplado. Había estado tan completamente absorto en la idea que por un momento me convertí en aquello que contemplaba, y el elevado propósito con el que me había identificado en ese instante atrajo la compañía de cosas elevadas y moldeó la visión en armonía con mi naturaleza interior. El ideal con el que nos unimos opera por asociación de ideas para despertar mil estados de ánimo y crear un drama en consonancia con la idea central.
Descubrí por primera vez esta estrecha relación entre los estados de ánimo y la visión cuando tenía unos siete años. Tomé conciencia de una vida misteriosa que se agitaba dentro de mí como un océano tempestuoso de poder aterrador. Siempre sabía cuándo me uniría a esa identidad oculta, pues mis sentidos estaban en expectativa las noches de esas visitas, y sabía sin ninguna duda que antes del amanecer estaría a solas con la inmensidad. Tanto temía esas visitas que permanecía despierto hasta que mis ojos se cerraban por puro agotamiento. Al cerrarse mis ojos en el sueño, ya no estaba solo sino atravesado de parte a parte por otro ser, y sin embargo sabía que era yo mismo. Parecía más antiguo que la vida, y sin embargo más cercano a mí que mi propia infancia. Si cuento lo que descubrí en esas noches, lo hago no para imponer mis ideas a otros, sino para dar esperanza a quienes buscan la ley de la vida.
Descubrí que mi estado de expectativa actuaba como un imán para unirme a ese Yo Superior, mientras que mis miedos lo hacían aparecer como un mar tempestuoso. De niño, concebí ese yo misterioso como poder, y en mi unión con él sentí su majestad como un mar tempestuoso que me empapaba, me arrastraba y me sacudía como una ola impotente.
De hombre, lo concebí como amor y a mí mismo como su hijo, y en mi unión con él ahora, ¡qué amor me envuelve! Es un espejo para todos. Aquello que concibamos que es, eso es para nosotros. Creo que es el centro hacia el cual convergen todos los hilos del universo; por eso he alterado mis valores y cambiado mis ideas para que ahora dependan de esta causa única de todo lo que existe y estén en armonía con ella. Es para mí esa realidad inmutable que moldea las circunstancias en armonía con nuestros conceptos de nosotros mismos.
Mis experiencias místicas me han convencido de que no hay manera de lograr la perfección exterior que buscamos salvo por la transformación de nosotros mismos.
Tan pronto como logremos transformarnos, el mundo se derretirá mágicamente ante nuestros ojos y se remodelará en armonía con aquello que nuestra transformación afirma.
Otras dos visiones contaré porque confirman la verdad de mi afirmación de que nosotros, por la intensidad del amor y del odio, nos convertimos en aquello que contemplamos.
Una vez, con los ojos cerrados y radiantes del arrobamiento, medité sobre la pregunta eterna: “¿Quién soy yo?”, y sentí que me disolvía gradualmente en un mar sin orillas de luz vibrante, mientras la imaginación trascendía todo temor a la muerte. En ese estado nada existía salvo yo mismo, un océano sin límites de luz líquida. Nunca me he sentido más íntimamente unido al Ser.
Cuánto duró esa experiencia no lo sé, pero mi regreso a la tierra estuvo acompañado por una sensación distinta de cristalizarme de nuevo en forma humana.
En otro momento, me tendí en mi cama y con los ojos cerrados como en el sueño me sumergí en el misterio de Buda. Al poco tiempo, las oscuras cavernas de mi cerebro comenzaron a iluminarse.
Parecía estar rodeado de nubes luminosas que emanaban de mi cabeza como anillos ardientes y pulsantes. Por un momento no vi nada más que esos anillos luminosos. Luego apareció ante mis ojos una roca de cuarzo cristalino. Mientras la contemplaba, el cristal se rompió en pedazos que manos invisibles moldearon rápidamente en el Buda viviente. Al contemplar esa figura meditativa, vi que era yo mismo. Yo era el Buda viviente que contemplaba. Una luz como el sol irradiaba de esa imagen viva de mí mismo con una intensidad creciente hasta que estalló. Entonces la luz se fue apagando gradualmente y una vez más estaba de regreso en la oscuridad de mi habitación.
¿De qué esfera o tesoro de diseño provino ese ser más poderoso que lo humano, sus vestiduras, el cristal, la luz? Si vi, escuché y me moví en un mundo de seres reales cuando parecía caminar en la noche, cuando los cojos, los paralíticos y los ciegos fueron transformados en armonía con mi naturaleza interior, entonces estoy justificado en suponer que tengo un cuerpo más sutil que el físico, un cuerpo que puede separarse del físico y ser usado en otras esferas; pues ver, escuchar y moverse son funciones de un organismo por etéreo que sea. Si medito sobre la alternativa de que mis experiencias psíquicas fueron fantasías engendradas por mí mismo, no por eso dejo de maravillarme ante ese yo más poderoso que destella en mi mente un drama tan real como los que experimento cuando estoy completamente despierto.
En esas ardientes meditaciones he entrado una y otra vez, y sé sin ninguna duda que ambas suposiciones son verdaderas. Alojado dentro de esta forma de tierra hay un cuerpo sintonizado con un mundo de luz, y yo, mediante la meditación intensa, lo he elevado como con un imán a través del cráneo de esta oscura morada de carne.
La primera vez que desperté los fuegos dentro de mí pensé que mi cabeza estallaría. Hubo una vibración intensa en la base de mi cráneo, luego una súbita pérdida de conciencia de todo. Entonces me encontré vestido con una vestidura de luz y unido por un cordón elástico plateado al cuerpo adormecido en la cama. Tan exaltados eran mis sentimientos que me sentí emparentado con las estrellas. Con esa vestidura recorrí esferas más familiares que la tierra, pero descubrí que, como en la tierra, las condiciones estaban moldeadas en armonía con mi naturaleza. “Fantasía engendrada por mí mismo”, te escucho decir. No más que las cosas de la tierra.
Soy un ser inmortal que se concibe a sí mismo como hombre y forma mundos a semejanza e imagen de su concepto de sí mismo.
Lo que imaginamos, eso somos. Por nuestra imaginación hemos creado este sueño de vida, y por nuestra imaginación volveremos a entrar en ese mundo eterno de luz, convirtiéndonos en aquello que éramos antes de imaginar el mundo.
En la economía divina nada se pierde. No podemos perder nada salvo por descenso desde la esfera donde la cosa tiene su vida natural.
No hay poder transformador en la muerte y, ya sea que estemos aquí o allá, modelamos el mundo que nos rodea por la intensidad de nuestra imaginación y nuestro sentimiento, e iluminamos u oscurecemos nuestras vidas por los conceptos que tenemos de nosotros mismos. Nada es más importante para nosotros que nuestra concepción de nosotros mismos, y esto es especialmente cierto en lo que respecta a nuestro concepto del Uno profundo y oculto que habita dentro de nosotros.
Quienes nos ayudan o nos obstaculizan, lo sepan o no, son servidores de esa ley que moldea las circunstancias exteriores en armonía con nuestra naturaleza interior.
Es nuestra concepción de nosotros mismos la que nos libera o nos constriñe, aunque para lograr su propósito pueda valerse de medios materiales.
Dado que la vida moldea el mundo exterior para reflejar la disposición interior de nuestras mentes, no hay manera de lograr la perfección exterior que buscamos salvo por la transformación de nosotros mismos.
Ninguna ayuda viene de fuera; las colinas hacia las que levantamos los ojos son las de una cordillera interior.
Es así a nuestra propia conciencia a la que debemos acudir como a la única realidad, el único fundamento sobre el cual todos los fenómenos pueden explicarse. Podemos confiar absolutamente en la justicia de esta ley para que nos dé solo aquello que es de la naturaleza de nosotros mismos.
Intentar cambiar el mundo antes de cambiar nuestro concepto de nosotros mismos es luchar contra la naturaleza de las cosas. No puede haber cambio exterior sin que primero haya un cambio interior. Como es adentro, es afuera. No estoy abogando por la indiferencia filosófica cuando sugiero que deberíamos imaginarnos a nosotros mismos como ya siendo aquello que queremos ser, viviendo en una atmósfera mental de grandeza, en lugar de usar medios físicos y argumentos para lograr el cambio deseado.
Todo lo que hacemos, sin ir acompañado de un cambio de conciencia, no es más que un reajuste inútil de superficies. Por mucho que nos esforcemos o luchemos, no podemos recibir más de lo que afirman nuestras suposiciones subconscientes.
Protestar contra cualquier cosa que nos sucede es protestar contra la ley de nuestro ser y contra nuestro dominio sobre nuestro propio destino.
Las circunstancias de mi vida están demasiado estrechamente relacionadas con mi concepción de mí mismo como para no haber sido lanzadas por mi propio espíritu desde algún depósito mágico de mi ser.
Si hay dolor para mí en estos acontecimientos, debo buscar la causa dentro de mí mismo, pues soy movido de aquí para allá y obligado a vivir en un mundo en armonía con mi concepto de mí mismo.
La meditación intensa produce una unión con el estado contemplado, y durante esa unión vemos visiones, tenemos experiencias y nos comportamos en consonancia con nuestro cambio de conciencia. Esto nos muestra que una transformación de la conciencia resultará en un cambio de entorno y de conducta.
Sin embargo, nuestras alteraciones ordinarias de la conciencia, al pasar de un estado a otro, no son transformaciones, porque cada una de ellas es sucedida tan rápidamente por otra en dirección contraria; pero cuando un estado se vuelve tan estable que expulsa definitivamente a sus rivales, ese estado central y habitual define el carácter y es una verdadera transformación. Decir que estamos transformados significa que ideas que antes eran periféricas en nuestra conciencia ocupan ahora un lugar central y forman el centro habitual de nuestra energía.
Todas las guerras demuestran que las emociones violentas son extremadamente potentes para precipitar reorganizaciones mentales. Todo gran conflicto ha sido seguido por una era de materialismo y codicia en la que los ideales por los que aparentemente se libró el conflicto quedan sumergidos.
Esto es inevitable porque la guerra evoca el odio, que impulsa un descenso en la conciencia desde el plano del ideal hasta el nivel donde se libra el conflicto.
Si nos volviéramos tan emocionalmente exaltados por nuestros ideales como nos volvemos por nuestras aversiones, ascenderíamos al plano de nuestros ideales con la misma facilidad con que ahora descendemos al nivel de nuestros odios.
El amor y el odio tienen un poder transformador mágico, y a través de su ejercicio crecemos hasta asemejarnos a aquello que contemplamos. Por la intensidad del odio creamos en nosotros mismos el carácter que imaginamos en nuestros enemigos. Las cualidades mueren por falta de atención, de modo que los estados poco amables podrían borrarse mejor imaginando “belleza en lugar de cenizas y alegría en lugar de luto” [Isaías 61:3], en vez de atacar directamente el estado del que quisiéramos liberarnos.
“Piensen en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre” [Filipenses 4:8], pues nos convertimos en aquello con lo que estamos en sintonía.
No hay nada que cambiar salvo nuestro concepto de nosotros mismos.
La humanidad es un ser único a pesar de sus muchas formas y rostros, y en ella no hay más que una aparente separación como la que encontramos en nuestro propio ser cuando soñamos.
Las imágenes y circunstancias que vemos en los sueños son creaciones de nuestra propia imaginación y no tienen existencia salvo en nosotros mismos. Lo mismo ocurre con las imágenes y circunstancias que vemos en este sueño de vida. Revelan nuestros conceptos de nosotros mismos. Tan pronto como logremos transformarnos, nuestro mundo se disolverá y se remodelará en armonía con aquello que nuestro cambio afirma.
El universo que estudiamos con tanto cuidado es un sueño, y nosotros los soñadores del sueño, soñadores eternos que sueñan sueños no eternos. Un día, como Nabucodonosor, despertaremos del sueño, de la pesadilla en la que luchamos con demonios, para descubrir que en realidad nunca abandonamos nuestro hogar eterno; que nunca nacimos y nunca morimos salvo en nuestro sueño.
🔸 Nota editorial
"Arrobamiento ardiente" traduce el original ‘fiery brooding’. Brooding en inglés hace referencia a un estado de intensa absorción interior, una incubación del pensamiento que va más allá de la meditación ordinaria. En la tradición mística española, arrobamiento es el término consagrado para ese estado de absorción contemplativa total, usado por Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz.
✦ Fin de La Búsqueda · Neville Goddard · 1946
✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
Archivo Neville Goddard en español.
📖 Archivo completo de libros y conferencias traducidas.






