Este es el Capítulo 11 del libro Tu fe es tu fortuna (1941). Puedes consultar el índice general para ver el recorrido completo del libro.
Capítulo 11: Navidad
«He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel», que, interpretado, es: Dios con nosotros. — MATEO 1:23.
Uno de los enunciados más controvertidos del Nuevo Testamento es el que se refiere a la concepción virginal y al posterior nacimiento de Jesús, una concepción en la que el hombre no tuvo parte alguna. Se nos relata que una virgen concibió un hijo sin la ayuda del hombre y que luego, en secreto y sin esfuerzo, dio a luz aquello que había concebido. Este es el fundamento sobre el cual descansa todo el cristianismo.
Al mundo cristiano se le pide que crea esta historia, pues el hombre debe creer lo increíble para poder expresar plenamente la grandeza que es.
Desde un punto de vista científico, el hombre podría verse inclinado a desechar toda la Biblia como algo falso, porque su razón no le permite creer que el nacimiento virginal sea fisiológicamente posible. Sin embargo, la Biblia es un mensaje del alma y debe ser interpretada psicológicamente si el hombre ha de descubrir su verdadera simbología. El hombre debe ver esta historia como un drama psicológico y no como una afirmación de hechos físicos. Al hacerlo, descubrirá que la Biblia se basa en una ley que, aplicada a sí mismo, dará como resultado una expresión manifestada que trasciende sus más desbordados sueños de realización. Para aplicar esta ley de autoexpresión, el hombre debe ser educado en la creencia y disciplinado para mantenerse firme sobre la base de que «todas las cosas son posibles para Dios».
Las fechas dramáticas más destacadas del Nuevo Testamento, a saber, el nacimiento, la muerte y la resurrección de Jesús, fueron fijadas y fechadas para coincidir con ciertos fenómenos astronómicos. Los místicos que registraron esta historia observaron que, en determinadas épocas del año, cambios beneficiosos en la tierra coincidían con cambios astronómicos en lo alto. Al escribir este drama psicológico, personificaron la historia del alma como la biografía del hombre. Sirviéndose de estos cambios cósmicos, señalaron el nacimiento y la resurrección de Jesús para transmitir que esos mismos cambios beneficiosos tienen lugar psicológicamente en la conciencia del hombre cuando sigue la ley.
Incluso para aquellos que no logran comprenderla, la historia de la Navidad es una de las narraciones más bellas jamás contadas. Cuando se despliega a la luz de su simbología mística, se revela como el verdadero nacimiento de toda manifestación en el mundo.
Este nacimiento virginal se registra como ocurrido el 25 de diciembre o, como lo celebran ciertas sociedades secretas, en la Nochebuena, a la medianoche del 24 de diciembre. Los místicos establecieron esta fecha para señalar el nacimiento de Jesús porque estaba en consonancia con los grandes beneficios terrenales que este cambio astronómico simboliza.
Las observaciones astronómicas que llevaron a los autores de este drama a utilizar estas fechas fueron realizadas en su totalidad en el hemisferio norte; por lo tanto, desde un punto de vista astronómico, lo contrario sería cierto si se las considerara desde las latitudes del hemisferio sur. Sin embargo, esta historia fue registrada en el norte y, por ello, se basó en observaciones del norte.
El hombre descubrió muy pronto que el sol desempeñaba un papel de suma importancia en su vida, que sin el sol la vida física tal como la conocía no podría existir. Por eso, estas fechas tan significativas en la historia de la vida de Jesús están basadas en la posición del sol tal como se observa desde la tierra en las latitudes del hemisferio norte.
Después de que el sol alcanza su punto más alto en los cielos en el mes de junio, comienza gradualmente a descender hacia el sur, llevándose consigo la vida del mundo vegetal, de modo que para diciembre casi toda la naturaleza ha quedado inmóvil. Si el sol continuara descendiendo hacia el sur, toda la naturaleza quedaría inmovilizada hasta la muerte. Sin embargo, el 25 de diciembre el sol inicia su gran movimiento hacia el norte, trayendo consigo la promesa de salvación y de vida renovada para el mundo. Cada día, a medida que el sol se eleva más alto en los cielos, el hombre cobra confianza en haber sido salvado de la muerte por frío y hambre, pues sabe que, al avanzar hacia el norte y cruzar el ecuador, toda la naturaleza volverá a levantarse, será resucitada de su largo sueño invernal.
Nuestro día se mide de medianoche a medianoche y, dado que el día visible comienza en el este y termina en el oeste, los antiguos decían que el día nacía de la constelación que ocupaba el horizonte oriental a medianoche. En la Nochebuena, o a la medianoche del 24 de diciembre, la constelación de Virgo se eleva en el horizonte oriental. Por eso se registra que este Hijo y Salvador del mundo nació de una virgen. También se relata que esta madre virgen viajaba durante la noche, que se detuvo en una posada y que le fue dado el único lugar disponible entre los animales, y que allí, en un pesebre donde los animales se alimentaban, los pastores encontraron al Niño Santo.
Los animales con los que fue alojada la Santa Virgen son los animales sagrados del zodíaco. Allí, en ese círculo constantemente en movimiento de animales astronómicos, se encuentra la Santa Madre, Virgo, y allí podrás verla cada medianoche del 24 de diciembre, de pie en el horizonte oriental, mientras el sol, salvador del mundo, inicia su viaje hacia el norte.
Psicológicamente, este nacimiento tiene lugar en el hombre el día en que descubre que su conciencia es el sol y el salvador de su mundo. Cuando el hombre comprende el significado de esta afirmación mística, «YO SOY la luz del mundo», se da cuenta de que su YO SOY, o conciencia, es el sol de su vida, un sol que irradia imágenes sobre la pantalla del espacio. Estas imágenes son a semejanza de aquello que él, como hombre, es consciente de ser. Así, las cualidades y atributos que parecen moverse sobre la pantalla de su mundo son, en realidad, proyecciones de esa luz que emana desde su interior.
Las innumerables esperanzas y ambiciones no realizadas del hombre son las semillas que yacen enterradas dentro de la conciencia, o vientre virginal del hombre. Allí permanecen, como las semillas de la tierra retenidas en la desolación helada del invierno, esperando a que el sol se desplace hacia el norte o a que el hombre regrese al conocimiento de quién es. Al regresar, avanza hacia el norte mediante el reconocimiento de su verdadero ser, al afirmar:
«YO SOY la luz del mundo».
Cuando el hombre descubre que su conciencia, o YO SOY, es Dios, el salvador de su mundo, será como el sol en su tránsito hacia el norte. Todos los impulsos y ambiciones ocultos serán entonces calentados y estimulados hasta nacer por este conocimiento de su verdadero ser. Afirmará que es aquello que hasta entonces solo había esperado ser. Sin la ayuda de ningún hombre, se definirá a sí mismo como aquello que desea expresar. Descubrirá que su YO SOY es la virgen que concibe sin la ayuda de hombre alguno, y que todas las concepciones de sí mismo, cuando son sentidas y fijadas en la conciencia, se encarnan con facilidad como realidades vivas en su mundo.
El hombre llegará un día a darse cuenta de que todo este drama tiene lugar en su conciencia; de que su conciencia incondicionada, o YO SOY, es la Virgen María que desea expresarse; de que mediante esta ley de la autoexpresión se define a sí mismo como aquello que desea expresar; y de que sin la ayuda ni la cooperación de nadie, expresará aquello que ha reclamado conscientemente y se ha definido a sí mismo como aquello que es. Entonces comprenderá por qué la Navidad está fijada el 25 de diciembre, mientras que la Pascua es una fecha móvil; por qué sobre la concepción virginal descansa toda la cristiandad; que su conciencia es el vientre virginal o la esposa del Señor, que recibe impresiones como autoimpregnaciones y luego, sin asistencia alguna, encarna esas impresiones como las expresiones de su vida.
✧ Fuente: Law Of Attraction Haven
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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