Este capítulo forma parte del libro Tu fe es tu fortuna (1941).
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Capítulo 18: Los Doce Discípulos
«Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedad y toda clase de dolencia.» –Mat. 10:1.
Los doce discípulos representan las doce cualidades de la mente que pueden ser controladas y disciplinadas por el hombre. Si son disciplinadas, obedecerán en todo momento la orden de aquel que las ha disciplinado.
Estas doce cualidades en el hombre son potencialidades de toda mente. Indisciplinadas, sus acciones se asemejan más a las de una muchedumbre desordenada que a las de un ejército entrenado y disciplinado. Todas las tormentas y confusiones que envuelven al hombre pueden atribuirse directamente a estas doce características mal relacionadas de la mente humana en su estado actual de adormecimiento. Hasta que sean despertadas y disciplinadas, permitirán que todo rumor y toda emoción sensorial las mueva.
Cuando estas doce sean disciplinadas y puestas bajo control, aquel que logre este dominio les dirá:
«Desde ahora no os llamo siervos, sino amigos.»
Sabe que, desde ese momento, cada atributo de la mente adquirido y disciplinado lo acompañará como amigo y lo protegerá.
Los nombres de las doce cualidades revelan sus naturalezas. Estos nombres no les son dados hasta que son llamados al discipulado. Ellos son: Simón, que más tarde fue llamado Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas.
La primera cualidad en ser llamada y disciplinada es Simón, o el atributo del oído. Esta facultad, cuando es elevada al nivel de discípulo, permite que solo aquellas impresiones que su oído ha autorizado lleguen a la conciencia. No importa lo que la sabiduría del hombre pueda sugerir o la evidencia de sus sentidos pueda transmitir; si tales sugerencias e ideas no están en armonía con aquello que él oye, permanece inmutable.
Este ha sido instruido por su Señor y ha llegado a comprender que toda sugerencia que permite pasar por su puerta, al llegar a su Señor y Maestro, es decir su conciencia, dejará allí su impresión; impresión que con el tiempo debe convertirse en expresión.
La instrucción dada a Simón es que permita entrar en la casa de su Señor, su conciencia, solo visitantes o impresiones dignas y honorables. Ningún error puede ser encubierto ni ocultado a su Maestro, pues toda expresión de vida revela a su Señor a quién ha recibido, consciente o inconscientemente.
Cuando Simón, por sus obras, demuestra ser un discípulo verdadero y fiel, entonces recibe el sobrenombre de Pedro, o la roca, el discípulo inalterable, aquel que no puede ser sobornado ni coaccionado por ningún visitante. Es llamado por su Señor Simón Pedro, el que oye fielmente los mandatos de su Señor y, fuera de esos mandatos, nada oye.
Es este Simón Pedro quien descubre que el YO SOY es el Cristo, y por su descubrimiento le son dadas las llaves del cielo y es establecido como la piedra fundamental sobre la cual descansa el Templo de Dios. Los edificios deben tener cimientos firmes, y solo el oído disciplinado puede, al aprender que el YO SOY es el Cristo, permanecer firme e inalterable en el conocimiento de que YO SOY el Cristo y fuera de MÍ no hay salvador.
La segunda cualidad en ser llamada al discipulado es Andrés, o el valor. A medida que la primera cualidad, la fe en uno mismo, se desarrolla, llama automáticamente a la existencia a su hermano, el valor. La fe en uno mismo, que no pide ayuda a ningún hombre sino que en silencio y a solas se apropia de la conciencia de la cualidad deseada y, a pesar de la razón o de la evidencia de sus sentidos que indique lo contrario, permanece fiel esperando pacientemente en el conocimiento de que su afirmación invisible, si se sostiene, debe realizarse; tal fe desarrolla un valor y una fortaleza de carácter que superan los sueños más audaces del hombre indisciplinado cuya fe está en las cosas visibles.
La fe del hombre indisciplinado no puede, en realidad, llamarse fe. Porque si los ejércitos, las medicinas o la sabiduría del hombre en los que ha puesto su fe le son quitados, su fe y su valor desaparecen con ellos. Pero al hombre disciplinado podría quitársele el mundo entero y, aun así, permanecería fiel en el conocimiento de que el estado de conciencia en el que mora debe, a su debido tiempo, encarnarse. Este valor es Andrés, el hermano de Pedro, el discípulo que sabe lo que es atreverse, hacer y callar.
Los siguientes dos que son llamados también son parientes. Ellos son los hermanos Santiago y Juan, Santiago el justo, el juez recto, y su hermano Juan, el amado. Para que la justicia sea sabia debe administrarse con amor, siempre ofreciendo la otra mejilla y devolviendo en todo momento bien por mal, amor por odio, no violencia por violencia.
El discípulo Santiago, símbolo de un juicio disciplinado debe, cuando es elevado al alto oficio de juez supremo, ser vendado para que no sea influido por la carne ni juzgue según las apariencias del ser. El juicio disciplinado es ejercido por aquel que no se deja influir por las apariencias.Aquel que ha llamado a estos hermanos al discipulado continúa fiel a su mandato de oír solo aquello que le ha sido ordenado oír, a saber, el Bien. El hombre que tiene esta cualidad de su mente disciplinada es incapaz de oír y aceptar como verdadero cualquier cosa, ya sea acerca de sí mismo o de otro, que al ser oída no llene su corazón de amor.
Estos dos discípulos, o aspectos de la mente, son uno e inseparables cuando son despertados. Tal hombre disciplinado perdona a todos los hombres por ser lo que son. Sabe, como juez sabio, que todo hombre expresa perfectamente aquello de lo que es consciente ser. Sabe que sobre el fundamento inmutable de la conciencia descansa toda manifestación, y que los cambios de expresión solo pueden producirse mediante cambios de conciencia.
Sin condena ni crítica, estas cualidades disciplinadas de la mente permiten a cada uno ser aquello que es. Sin embargo, aunque conceden esta perfecta libertad de elección a todos, permanecen siempre vigilantes para asegurarse de que ellas mismas profeticen y hagan, tanto para otros como para sí mismas, solo aquello que al expresarse glorifique, dignifique y dé gozo a quien lo expresa.
La quinta cualidad llamada al discipulado es Felipe. Este pidió que se le mostrara el Padre. El hombre despierto sabe que el Padre es el estado de conciencia en el que el hombre mora, y que este estado, o Padre, solo puede verse cuando se expresa. Sabe que él mismo es la perfecta semejanza o imagen de esa conciencia con la que está identificado. Así declara:
«Nadie ha visto jamás a mi Padre; pero yo, el Hijo, que moro en su seno, lo he revelado; por lo tanto, cuando me veis a mí, el Hijo, veis a mi Padre, porque vengo a dar testimonio de mi Padre.»
Yo y mi Padre, la conciencia y su expresión, Dios y el hombre, somos uno.
Este aspecto de la mente, cuando es disciplinado, persevera hasta que las ideas, ambiciones y deseos se convierten en realidades encarnadas. Es la cualidad que declara:
«Aun en mi carne veré a Dios.»
Sabe cómo hacer carne la palabra, cómo dar forma a lo sin forma.
El sexto discípulo llamado es Bartolomé. Esta cualidad es la facultad imaginativa, cualidad de la mente que, una vez despierta, distingue al hombre de las masas. Una imaginación despierta eleva a quien la posee por encima del hombre común, haciéndolo parecer una luz de faro en un mundo de oscuridad. Ninguna cualidad separa tanto a un hombre de otro como la imaginación disciplinada. Esta es la separación del trigo de la paja. Aquellos que más han dado a la sociedad son nuestros artistas, científicos, inventores y otros dotados de vívida imaginación.
Si se hiciera una encuesta para determinar la razón por la cual tantos hombres y mujeres aparentemente educados fracasan después de sus años universitarios, o si se hiciera para determinar la causa de las diferentes capacidades de ingreso de las masas, no habría duda de que la imaginación desempeña el papel decisivo. Tal encuesta mostraría que es la imaginación la que convierte a uno en líder, mientras que la falta de imaginación lo convierte en seguidor.
En lugar de desarrollar la imaginación del hombre, nuestro sistema educativo a menudo la sofoca al intentar introducir en la mente del hombre la sabiduría que este busca. Lo obliga a memorizar una cantidad de libros de texto que, demasiado pronto, son refutados por libros posteriores. La educación no se logra introduciendo algo en el hombre; su propósito es extraer del hombre la sabiduría que yace latente en él. Que el lector llame a Bartolomé al discipulado, pues solo cuando esta cualidad sea elevada al discipulado tendrá la capacidad de concebir ideas que lo eleven más allá de las limitaciones del hombre.
El séptimo es llamado Tomás. Esta cualidad disciplinada duda o niega todo rumor y toda sugerencia que no estén en armonía con aquello que Simón Pedro ha sido mandado a dejar entrar. El hombre que es consciente de ser saludable, no por causa de salud heredada, dietas o clima, sino porque está despierto y conoce el estado de conciencia en el que vive, continuará, a pesar de las condiciones del mundo, expresando salud. Podría oír, a través de la prensa, la radio y los sabios del mundo, que una plaga recorre la tierra y, sin embargo, permanecería inalterable e impasible. Tomás, el que duda, cuando está disciplinado, negaría que la enfermedad o cualquier otra cosa que no estuviera en armonía con la conciencia a la que pertenece tuviera poder alguno para afectarlo.
Esta cualidad de negación, cuando es disciplinada, protege al hombre de recibir impresiones que no estén en armonía con su naturaleza. Adopta una actitud de total indiferencia hacia todas las sugerencias que son ajenas a aquello que desea expresar. La negación disciplinada no es una lucha ni un combate, sino total indiferencia.
Mateo, el octavo, es el don de Dios. Esta cualidad de la mente revela los deseos del hombre como dones de Dios. El hombre que ha llamado a este discípulo a la existencia sabe que todo deseo de su corazón es un don del cielo y que contiene tanto el poder como el plan de su propia expresión. Tal hombre nunca cuestiona la manera de su expresión. Sabe que el plan de expresión nunca es revelado al hombre, pues los caminos de Dios son inescrutables. Acepta plenamente sus deseos como dones ya recibidos y sigue su camino en paz, confiado en que aparecerán.
El noveno discípulo es llamado Santiago, hijo de Alfeo. Esta es la cualidad del discernimiento. Una mente clara y ordenada es la voz que llama a este discípulo a la existencia. Esta facultad percibe aquello que no es revelado al ojo del hombre. Este discípulo no juzga por las apariencias, pues tiene la capacidad de funcionar en el ámbito de las causas y, por lo tanto, nunca es engañado por las apariencias.
La clarividencia es la facultad que se despierta cuando esta cualidad es desarrollada y disciplinada, no la clarividencia de las salas de sesiones mediúmnicas, sino la verdadera clarividencia o visión clara del místico. Es decir, este aspecto de la mente tiene la capacidad de interpretar aquello que se ve. El discernimiento, o la capacidad de diagnosticar, es la cualidad de Santiago, hijo de Alfeo.
Tadeo, el décimo, es el discípulo de la alabanza, cualidad de la que el hombre indisciplinado carece lamentablemente. Cuando esta cualidad de alabanza y acción de gracias está despierta dentro del hombre, camina con las palabras «Gracias, Padre» siempre en sus labios. Sabe que su agradecimiento por cosas no vistas abre las ventanas del cielo y permite que dones más allá de su capacidad de recibir sean derramados sobre él.
El hombre que no es agradecido por las cosas recibidas difícilmente recibirá muchos dones provenientes de la misma fuente. Hasta que esta cualidad de la mente sea disciplinada, el hombre no verá al desierto florecer como la rosa. La alabanza y la acción de gracias son para los dones invisibles de Dios, es decir, los propios deseos, lo que la lluvia y el sol son para las semillas invisibles en el seno de la tierra.
La undécima cualidad llamada es Simón el Cananeo. Una buena frase clave para este discípulo es «Oír buenas nuevas». Simón el Cananeo, o Simón de la tierra de leche y miel, cuando es llamado al discipulado, es prueba de que quien ha llamado a esta facultad a la existencia se ha hecho consciente de la vida abundante. Puede decir con el salmista David:
«Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; unges mi cabeza con aceite; mi copa rebosa.»
Este aspecto disciplinado de la mente es incapaz de oír otra cosa que no sean buenas nuevas y, por lo tanto, está bien calificado para predicar el Evangelio, o Buena Nueva.
La duodécima y última de las cualidades disciplinadas de la mente es llamada Judas. Cuando esta cualidad está despierta, el hombre sabe que debe morir a lo que es antes de poder convertirse en aquello que desea ser. Por eso se dice de este discípulo que se suicidó, lo cual es la manera mística de decir al iniciado que Judas es el aspecto disciplinado del desapego. Este sabe que su YO SOY, o conciencia, es su salvador, por lo que deja ir a todos los demás salvadores. Esta cualidad, cuando es disciplinada, le da al hombre la fuerza para soltar.
El hombre que ha llamado a Judas a la existencia ha aprendido a apartar su atención de los problemas o limitaciones y a ponerla en aquello que es la solución o el salvador.
«Si no nacéis de nuevo, no podéis entrar en el Reino de los Cielos.»
«Nadie tiene mayor amor que este, que uno dé su vida por un amigo.»
Cuando el hombre comprende que la cualidad deseada, si se realizara, lo salvaría y sería su amiga, entrega voluntariamente su vida, su concepción presente de sí mismo, por su amigo. Lo hace desprendiendo su conciencia de aquello de lo que es consciente ser y asumiendo la conciencia de aquello que desea ser.
Judas, aquel a quien el mundo, en su ignorancia, ha ennegrecido, será puesto en alto cuando el hombre despierte de su estado indisciplinado, pues Dios es amor y no hay mayor amor que este: que uno entregue su vida por un amigo. Mientras el hombre no abandone aquello de lo que ahora es consciente de ser, no llegará a ser aquello que desea ser, y Judas es quien realiza esto mediante el suicidio, es decir, el desapego.
Estas son las doce cualidades que fueron dadas al hombre desde la fundación del mundo. El deber del hombre es elevarlas al nivel de discipulado. Cuando esto se haya cumplido, el hombre dirá:
«He terminado la obra que me diste que hiciera. Te he glorificado en la tierra y ahora, oh Padre, glorifícame tú contigo mismo con la gloria que tenía contigo antes que el mundo fuese.»
✧ Fuente: Law Of Attraction Haven
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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