Este es el Capítulo 6 del libro Tu fe es tu fortuna (1941). Puedes consultar el índice general para ver el recorrido completo del libro.
Capítulo 6: YO SOY ÉL
«Porque si no creéis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados». —JUAN 8:24.
«Todas las cosas fueron hechas por Él; y sin Él no fue hecha ninguna cosa de lo que ha sido hecho». Esta es una afirmación difícil de aceptar para quienes han sido formados en los diversos sistemas de la religión ortodoxa, pero ahí está. Todas las cosas, buenas, malas e indiferentes, fueron hechas por Dios. «Dios hizo al hombre (manifestación) a su propia imagen; a imagen de Dios lo hizo». Aparentemente, añadiendo aún más confusión a esto, se declara:
«Y vio Dios que su creación era buena».
¿Qué vas a hacer con esta aparente anomalía? ¿Cómo va el hombre a conciliar que todas las cosas sean buenas cuando aquello que se le enseña niega este hecho? O bien la comprensión de Dios es errónea, o bien hay algo radicalmente equivocado en la enseñanza del hombre.
«Para el puro, todas las cosas son puras».
Esta es otra afirmación desconcertante. Todas las personas buenas, las personas puras, las personas santas, son las mayores prohibicionistas. Une la afirmación anterior con esta otra: «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», y obtienes una barrera infranqueable para los jueces del mundo que se han erigido a sí mismos como tales. Tales afirmaciones no significan nada para los jueces autosatisfechos que, a ciegas, cambian y destruyen sombras. Continúan firmes en la creencia de que están mejorando el mundo. El hombre, sin saber que su mundo es la proyección exteriorizada de su conciencia individual, se esfuerza en vano por conformarse a la opinión de los demás en lugar de conformarse a la única opinión existente, es decir, su propio juicio sobre sí mismo.
Cuando Jesús descubrió que Su conciencia era esta maravillosa ley de autogobierno, declaró:
«Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».
Él sabía que la conciencia era la única realidad, y que las cosas objetivadas no eran más que distintos estados de conciencia. Jesús advirtió a Sus seguidores que buscaran primero el Reino de los Cielos (ese estado de conciencia que produciría la cosa deseada) y todas las cosas les serían añadidas. También afirmó:
«YO SOY la verdad».
Él sabía que la conciencia del hombre era la verdad, o causa, de todo aquello que el hombre veía reflejado en su mundo.
Jesús comprendió que el mundo fue hecho a semejanza del hombre. Sabía que el hombre veía su mundo tal como era porque el hombre era tal como era. En síntesis, la concepción que el hombre tiene de sí mismo determina aquello que ve que su mundo es.
Todas las cosas son hechas por Dios (la conciencia), y sin Él no hay nada hecho de lo que ha sido hecho. La creación es juzgada buena y muy buena porque es la imagen perfecta de la conciencia que la produjo. Ser consciente de ser una cosa y luego verse expresando algo distinto de aquello de lo que se es consciente de ser sería una violación de la ley del ser; por lo tanto, no sería bueno. La ley del ser nunca se quebranta; el hombre siempre se ve expresando aquello de lo que es consciente de ser. Sea bueno, malo o indiferente, sigue siendo una imagen perfecta de su concepción de sí mismo; es bueno y muy bueno.
No solo todas las cosas son hechas por Dios, sino que todas las cosas están hechas de Dios. Todas son descendencia de Dios. Dios es uno. Las cosas o divisiones son proyecciones de lo Uno. Siendo Dios uno, debe ordenarse a Sí mismo ser el aparente otro, pues no hay otro. Lo absoluto no puede contener dentro de sí algo que no sea Él mismo. Si así fuera, no sería absoluto, no sería el único. Para que un mandato sea eficaz, debe dirigirse a uno mismo. «YO SOY EL QUE YO SOY» es el único mandato eficaz.
«YO SOY el Señor y fuera de mí no hay ninguno».
No puedes ordenar aquello que no es. Como no hay otro, debes ordenarte a ti mismo ser aquello que deseas que aparezca.
Permíteme aclarar lo que quiero decir con mandato eficaz. No repites como un loro la afirmación «YO SOY EL QUE YO SOY»; tal repetición vana sería tanto estúpida como infructuosa. No son las palabras las que lo hacen eficaz; es la conciencia de ser aquello lo que lo hace eficaz. Cuando dices «YO SOY», te estás declarando a ti mismo como ser. La palabra «que» en la expresión «YO SOY EL QUE YO SOY» señala aquello que deseas ser. El segundo «YO SOY» en la cita es el grito de victoria.
Todo este drama tiene lugar interiormente, con o sin el uso de palabras. Estate quieto y reconoce que eres. Esta quietud se alcanza observando al observador. Repite en silencio, pero con sentimiento, «YO SOY, YO SOY», hasta que hayas perdido toda conciencia del mundo y te conozcas a ti mismo simplemente como ser. La conciencia, el saber que eres, es Dios Todopoderoso; YO SOY. Una vez logrado esto, defínete como aquello que deseas ser, sintiéndote siendo la cosa deseada: YO SOY eso. Esta comprensión de que eres la cosa deseada hará que un estremecimiento recorra todo tu ser. Cuando la convicción queda establecida y realmente crees que eres aquello que deseabas ser, entonces el segundo «YO SOY» es pronunciado como un grito de victoria. Esta revelación mística de Moisés puede verse como tres pasos distintos: Sí YO SOY; YO SOY libre; ¡REALMENTE SOY!
No importa cómo sean las apariencias que te rodean. Todas las cosas se apartan para dar paso a la venida del Señor. YO SOY el Señor que viene en la apariencia de aquello de lo que soy consciente de ser. Todos los habitantes de la tierra no pueden detener mi venida ni cuestionar mi autoridad para ser aquello que YO SOY consciente de ser.
«YO SOY la luz del mundo», cristalizándose en la forma de mi concepción de mí mismo. La conciencia es la luz eterna que se cristaliza únicamente a través del medio de tu concepción de ti mismo. Cambia tu concepción de ti mismo y cambiarás automáticamente el mundo en el que vives. No intentes cambiar a las personas; ellas son solo mensajeras que te dicen quién eres. Revalórate y ellas confirmarán el cambio.
Ahora comprenderás por qué Jesús se santificó a Sí mismo y no a los demás, por qué para el puro todas las cosas son puras, y por qué en Cristo Jesús (la conciencia despierta) no hay condenación. Despierta del sueño de la condenación y prueba el principio de la vida. Detén no solo tu juicio sobre los demás, sino también tu condenación de ti mismo.
Escucha la revelación del iluminado: «Yo sé y estoy persuadido por el Señor Cristo Jesús de que nada es impuro en sí mismo; pero para aquel que ve algo como impuro, para él es impuro»; y de nuevo:
«Bienaventurado el hombre que no se condena a sí mismo en aquello que aprueba».
Deja de preguntarte si eres digno o indigno de reclamarte siendo aquello que deseas ser. Solo serás condenado por el mundo mientras te condenes a ti mismo.
No necesitas resolver nada mediante esfuerzo. Las obras están terminadas. El principio por el cual todas las cosas son hechas y sin el cual no hay nada hecho de lo que ha sido hecho es eterno. Tú eres ese principio. Tu conciencia de ser es esta ley eterna. Nunca has expresado nada de lo que no fueras consciente de ser, y nunca lo harás. Asume la conciencia de aquello que deseas expresar. Reclámala hasta que se convierta en una manifestación natural. Siéntela y vive dentro de ese sentir hasta hacerlo tu naturaleza.
Aquí hay una fórmula sencilla. Retira tu atención de tu concepción presente de ti mismo y colócala en tu ideal, ese ideal que hasta ahora habías considerado fuera de tu alcance. Reclámate siendo tu ideal, no como algo que llegarás a ser con el tiempo, sino como aquello que eres en el presente inmediato. Haz esto, y tu mundo actual de limitaciones se desintegrará mientras tu nueva afirmación se eleva como el ave fénix desde sus cenizas.
«No temáis ni os amedrentéis a causa de esta gran multitud, porque la batalla no es vuestra, sino de Dios».
No luches contra tu problema; tu problema solo vivirá mientras seas consciente de él. Retira tu atención del problema y de la multitud de razones por las cuales no puedes alcanzar tu ideal. Concentra tu atención por completo en la cosa deseada.
«Deja todo y sígueme».
Frente a obstáculos que parecen montañas, reclama tu libertad. La conciencia de la libertad es el Padre de la libertad. Tiene una manera de expresarse que ningún hombre conoce. «No tendréis que pelear en esta batalla. Colocaos, estad quietos y ved la salvación del Señor con vosotros».
«YO SOY el Señor». YO SOY (tu conciencia) es el Señor. La conciencia de que la cosa está hecha, de que la obra está terminada, es el Señor de cualquier situación. Escucha atentamente la promesa:
«No tendréis que pelear en esta batalla; colocaos, estad quietos y ved la salvación del Señor con vosotros».
¡Con vosotros! Esa conciencia particular con la que estás identificado es el Señor del acuerdo. Él, sin ayuda alguna, establecerá en la tierra aquello que ha sido acordado. ¿Puedes tú, frente al ejército de razones por las cuales algo no puede hacerse, entrar en silencio en un acuerdo con el Señor de que ya está hecho? ¿Puedes tú, ahora que has descubierto que el Señor es tu conciencia de ser, volverte consciente de que la batalla está ganada? ¿Puedes tú, por muy cercano y amenazante que parezca el enemigo, continuar en tu confianza, permaneciendo quieto, sabiendo que la victoria es tuya? Si puedes hacerlo, verás la salvación del Señor.
Recuerda que la recompensa es para aquel que persevera. Permanece quieto. Permanecer quieto es la convicción profunda de que todo está bien; está hecho. No importa lo que se oiga o se vea, permaneces inamovible, consciente de ser victorioso al final. Todas las cosas son hechas mediante tales acuerdos, y sin un acuerdo así no hay nada hecho de lo que ha sido hecho.
«YO SOY EL QUE YO SOY».
En el libro de Apocalipsis se registra que aparecerán un cielo nuevo y una tierra nueva. A Juan, a quien se le mostró esta visión, se le dijo que escribiera:
«Está hecho».
El cielo es tu conciencia y la tierra su estado solidificado. Por lo tanto, acepta, como lo hizo Juan: «Está hecho».
Todo lo que se requiere de ti que buscas un cambio es elevarte al nivel de aquello que deseas; sin detenerte en la manera en que se expresará, deja constancia de que está hecho sintiendo la naturalidad de serlo.
Aquí hay una analogía que puede ayudarte a ver este misterio. Supón que entras en un cine justo cuando la película principal llega a su final. Todo lo que ves de la película es el desenlace feliz. Como deseas ver la historia completa, esperas a que vuelva a proyectarse. En la secuencia previa al desenlace, el héroe aparece acusado, rodeado de falsas pruebas y de todo aquello que arranca lágrimas al público. Pero tú, seguro en el conocimiento del final, permaneces en calma, con la comprensión de que, independientemente de la dirección aparente de la película, el final ya ha sido definido.
De igual manera, ve hasta el final de aquello que buscas; contempla su desenlace feliz sintiendo conscientemente que expresas y posees aquello que deseas expresar y poseer; y tú, mediante la fe, comprendiendo ya el final, tendrás una confianza nacida de este conocimiento. Este conocimiento te sostendrá durante el intervalo de tiempo necesario que requiere la imagen para desplegarse. No pidas ayuda a ningún hombre; siente «Está hecho», reclamándote conscientemente como siendo, ahora, aquello que como hombre esperas llegar a ser.
✧ Fuente: Law Of Attraction Haven
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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