Este es el Capítulo 7 del libro Tu fe es tu fortuna (1941). Puedes consultar el índice general para ver el recorrido completo del libro.
Capítulo 7: Hágase tu voluntad
«No se haga mi voluntad, sino la tuya». —LUCAS 22:42.
«No se haga mi voluntad, sino la tuya». Esta resignación no es una aceptación ciega del hecho de que «Por mí mismo no puedo hacer nada; el Padre que mora en mí es quien hace las obras». Cuando el hombre ejerce su voluntad, intenta hacer que algo que ahora no existe aparezca en el tiempo y en el espacio. Con demasiada frecuencia no somos conscientes de lo que realmente estamos haciendo. Inconscientemente afirmamos que no poseemos las capacidades para expresar. Basamos nuestro deseo en la esperanza de adquirir las capacidades necesarias en un tiempo futuro. «YO no SOY, pero YO lo SERÉ».
El hombre no se da cuenta de que la conciencia es el Padre que hace la obra, y por ello intenta expresar aquello de lo que no es consciente de ser. Tales luchas están condenadas al fracaso; solo el presente se expresa a sí mismo. A menos que yo sea consciente de ser aquello que busco, no lo encontraré. Dios (tu conciencia) es la sustancia y la plenitud de todo. La voluntad de Dios es el reconocimiento de lo que es, no de lo que será. En lugar de ver esta expresión como «Hágase tu voluntad», mírala como «Tu voluntad está hecha». Las obras están terminadas.
El principio por el cual todas las cosas se hacen visibles es eterno. «Cosas que los ojos no han visto, ni los oídos han oído, ni han entrado en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que aman la ley». Cuando un escultor mira un bloque de mármol sin forma, ve, enterrada dentro de esa misma masa sin forma, su obra de arte terminada. El escultor, en lugar de crear su obra maestra, simplemente la revela retirando aquella parte del mármol que oculta su concepción. Lo mismo se aplica a ti. En tu conciencia sin forma yace enterrado todo aquello que alguna vez llegarás a concebirte siendo. El reconocimiento de esta verdad te transformará de un obrero sin destreza que intenta hacerlo posible, en un gran artista que reconoce que ya es así.
Tu afirmación de que ahora eres aquello que deseas ser removerá el velo de la oscuridad humana y revelará perfectamente tu afirmación: YO SOY eso. La voluntad de Dios fue expresada en las palabras de la viuda: «Está bien». La voluntad del hombre habría sido: «Estará bien». Decir «estaré bien» es decir «estoy enfermo». Dios, el Eterno Ahora, no es burlado por palabras ni por repeticiones vanas. Dios personifica continuamente aquello que es. Así, la resignación de Jesús (quien se hizo a Sí mismo igual a Dios) fue apartarse del reconocimiento de la carencia (que el futuro indica con “estaré”) y volverse al reconocimiento de la provisión al afirmar:
«YO SOY eso; está hecho; gracias, Padre».
Ahora verás la sabiduría en las palabras del profeta cuando declara:
«Diga el débil: YO SOY fuerte» (Joel 3:10).
El hombre, en su ceguera, no hace caso al consejo del profeta; continúa afirmándose débil, pobre, miserable y todas las demás expresiones indeseables de las que intenta liberarse al afirmar ignorantemente que estará libre de esas características, con la expectativa puesta en el futuro. Tales pensamientos frustran la única ley que podría liberarlo.
Solo hay una puerta por la cual aquello que buscas puede entrar en tu mundo: «YO SOY la puerta».
Cuando dices «YO SOY», te estás declarando ser, en primera persona, en tiempo presente; no hay futuro. Saber que YO SOY es ser consciente de ser. La conciencia es la única puerta. A menos que seas consciente de ser aquello que buscas, buscas en vano.
Si juzgas según las apariencias, continuarás siendo esclavo de la evidencia de tus sentidos. Para romper este hechizo hipnótico de los sentidos se te dice:
«Entra dentro de ti y cierra la puerta».
La puerta de los sentidos debe cerrarse firmemente antes de que tu nueva afirmación pueda ser reconocida. Cerrar la puerta de los sentidos no es tan difícil como al principio parece. Se hace sin esfuerzo.
Es imposible servir a dos amos al mismo tiempo. El amo al que el hombre sirve es aquello de lo que es consciente de ser. Yo soy Señor y Amo de aquello de lo que soy consciente de ser. No me supone ningún esfuerzo conjurar la pobreza si soy consciente de ser pobre. Mi siervo (la pobreza) está obligado a seguirme (conciencia de pobreza) mientras YO SOY (el Señor) consciente de ser pobre.
En lugar de luchar contra la evidencia de los sentidos, te reclamas a ti mismo como aquello que deseas ser. A medida que tu atención queda fijada en esta reclamación, las puertas de los sentidos se cierran automáticamente frente a tu antiguo amo (aquello de lo que eras consciente de ser). Cuando te pierdes en el sentimiento de ser (aquello que ahora estás reclamando como verdadero de ti mismo), las puertas de los sentidos vuelven a abrirse, revelando que tu mundo es la expresión perfecta de aquello de lo que eres consciente de ser.
Sigamos el ejemplo de Jesús, quien comprendió que, como hombre, no podía hacer nada para cambiar su presente cuadro de carencia. Cerró la puerta de sus sentidos frente a su problema y fue a su Padre, Aquel para quien todas las cosas son posibles.
Habiendo negado la evidencia de sus sentidos, se asumió a sí mismo como todo aquello que, un momento antes, sus sentidos le decían que no era. Sabiendo que la conciencia expresa su semejanza en la tierra, permaneció en la conciencia reclamada hasta que las puertas (sus sentidos) se abrieron y confirmaron el señorío del Señor.
Recuerda: YO SOY es Señor de todo. No vuelvas a usar jamás la voluntad del hombre que afirma: “Yo seré”. Resígnate como Jesús y afirma:
“YO SOY eso.”
✧ Fuente: Law Of Attraction Haven
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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