Este capítulo forma parte del libro El Poder de la Consciencia (1952).
Puedes consultar el índice general para ver el recorrido completo.
Capítulo XXIII · Historias de Casos Reales
En este punto será de gran ayuda citar varios ejemplos concretos de la aplicación exitosa de esta ley. Se presentan casos reales. En cada uno de ellos el problema está claramente definido y se describe con detalle la forma en que se usó la imaginación para alcanzar el estado de consciencia requerido. En cada uno de estos casos, el autor de este libro estuvo personalmente involucrado o conoció los hechos por boca de la persona implicada.
Caso de Estudio 1
Esta es una historia cuyos detalles conozco personalmente en su totalidad.
En la primavera de 1943, un soldado recién reclutado estaba destinado en un gran campamento militar en Luisiana. Deseaba con intensidad salir del ejército, pero solo de una manera completamente honorable.
La única forma de lograrlo era solicitar una baja. La solicitud requería entonces la aprobación de su oficial al mando para hacerse efectiva. Según el reglamento militar, la decisión del oficial al mando era final y no podía apelarse. El soldado, siguiendo todo el procedimiento necesario, solicitó la baja. En cuestión de cuatro horas la solicitud le fue devuelta, marcada como “denegada”. Convencido de que no podía apelar la decisión ante ninguna autoridad superior, ni militar ni civil, se volvió hacia su propia consciencia, decidido a apoyarse en la ley de la asunción.
El soldado comprendió que su consciencia era la única realidad, que su particular estado de consciencia determinaba los acontecimientos que él encontraría.
Esa noche, en el intervalo entre acostarse y quedarse dormido, se concentró en usar de manera consciente la ley de la asunción. En imaginación se sintió a sí mismo estar en su propio apartamento en la ciudad de Nueva York. Visualizó su apartamento, es decir, en el ojo de su mente vio realmente su propio apartamento, imaginando con viveza real cada una de las habitaciones familiares con todo su mobiliario.
Con esta imagen claramente visualizada, y tendido boca arriba, se relajó por completo físicamente. De esta manera indujo un estado que bordeaba el sueño, mientras conservaba al mismo tiempo el control sobre la dirección de su atención. Cuando su cuerpo quedó completamente inmóvil, asumió que estaba en su propia habitación y se sintió recostado en su propia cama, una sensación muy distinta a la de estar tendido en un catre del ejército. En imaginación se levantó de la cama, caminó de habitación en habitación tocando distintos muebles. Luego se dirigió a la ventana y, con las manos apoyadas en la repisa de la ventana, miró hacia la calle a la que daba su apartamento. Tan vívido era todo esto en su imaginación que vio con detalle el pavimento, las barandas, los árboles y el familiar ladrillo rojo del edificio del lado opuesto de la calle. Después regresó a su cama y se sintió a la deriva, quedándose dormido. Sabía que era de suma importancia, para el uso exitoso de esta ley, que en el momento mismo de quedarse dormido su consciencia estuviera llena de la asunción de que ya era lo que deseaba ser. Todo lo que hizo en imaginación se basaba en la asunción de que ya no estaba en el ejército.
Noche tras noche el soldado representó este drama. Noche tras noche, en imaginación, se sintió a sí mismo, honorablemente dado de baja, de vuelta en su hogar, viendo todo su entorno familiar y quedándose dormido en su propia cama. Esto continuó durante ocho noches. Durante ocho días su experiencia objetiva siguió siendo directamente opuesta a su experiencia subjetiva en la consciencia cada noche, antes de dormir. Al noveno día llegaron órdenes desde la comandancia del batallón para que el soldado llenara una nueva solicitud de baja. Poco después de hacerlo, se le ordenó presentarse en la oficina del coronel. Durante la conversación, el coronel le preguntó si todavía deseaba salir del ejército. Al recibir una respuesta afirmativa, el coronel dijo que personalmente estaba en desacuerdo, y que aunque tenía fuertes objeciones para aprobar la baja, había decidido pasarlas por alto y aprobarla. En cuestión de pocas horas la solicitud fue aprobada, y el soldado, ya civil, iba en un tren rumbo a casa.
Caso de Estudio 2
Esta es una historia sorprendente sobre un empresario extremadamente exitoso, que demuestra el poder de la imaginación y la ley de la asunción. Conozco a esta familia íntimamente, y todos los detalles me los contó el hijo del que trata esta historia.
La historia comienza cuando él tenía veinte años. Era el segundo de mayor edad en una familia numerosa de nueve hermanos y una hermana. El padre era uno de los socios de un pequeño negocio de mercadería. En su decimoctavo año, el hermano al que se refiere esta historia dejó el país en el que vivían y viajó tres mil doscientos kilómetros para ingresar a la universidad y completar sus estudios. Poco después de su primer año en la universidad, lo llamaron a casa a causa de un acontecimiento trágico relacionado con el negocio de su padre. A través de las maquinaciones de sus socios, el padre no solo fue expulsado de su negocio, sino que además fue objeto de falsas acusaciones que atacaban su carácter e integridad. Al mismo tiempo, fue despojado de su legítima participación en el patrimonio del negocio. El resultado fue que se encontró en gran medida desacreditado y casi sin un centavo. Fue bajo estas circunstancias que el hijo fue llamado a volver a casa desde la universidad.
Él regresó, con el corazón lleno de una gran resolución. Estaba decidido a llegar a ser extraordinariamente exitoso en los negocios. Lo primero que hicieron él y su padre fue usar el poco dinero que tenían para iniciar su propio negocio. Alquilaron una pequeña tienda en una calle lateral, no lejos del gran negocio del que el padre había sido uno de los principales dueños.
Allí iniciaron un negocio orientado en prestar un verdadero servicio a la comunidad. Fue poco después que el hijo, con una consciencia instintiva de que aquello daría resultado, usó deliberadamente la imaginación para alcanzar un objetivo casi fantástico.
Todos los días, de camino al trabajo y de vuelta a casa, pasaba frente al edificio del antiguo negocio de su padre, el negocio más grande de su tipo en el país. Era uno de los edificios más grandes, con la ubicación más prominente en el corazón de la ciudad. En el exterior del edificio había un enorme cartel en el que el nombre de la firma estaba pintado en grandes letras destacadas. Día tras día, mientras pasaba por allí, un gran sueño fue tomando forma en la mente del hijo. Pensaba en lo maravilloso que sería que aquel gran edificio perteneciera a su familia, que fuera su familia la dueña y la que dirigiera ese gran negocio.
Un día, mientras miraba fijamente el edificio, en su imaginación vio un nombre completamente distinto en el enorme cartel sobre la entrada. Ahora las grandes letras deletreaban el nombre de su familia (en estas historias de casos no se usan nombres reales; para mayor claridad en esta historia usaremos nombres hipotéticos y asumiremos que el apellido de la familia del hijo era Lordard).
Donde el cartel decía F. N. Moth & Co., en imaginación vio realmente el nombre, letra por letra, J. N. Lordard & Sons. Se quedó mirando el cartel con los ojos bien abiertos, imaginando que decía J. N. Lordard & Sons. Dos veces al día, semana tras semana, mes tras mes, durante dos años vio el nombre de su familia sobre la fachada de ese edificio. Estaba convencido de que si sentía con la suficiente fuerza que algo era verdad, aquello estaba destinado a suceder, y al ver en imaginación el nombre de su familia en el cartel (lo que implicaba que ellos eran los dueños del negocio) llegó a convencerse de que algún día lo poseerían.
Durante este periodo solo le contó a una persona lo que estaba haciendo. Confió en su madre, quien con amorosa preocupación intentó disuadirlo para protegerlo de lo que podría ser una gran decepción. A pesar de ello, él persistió día tras día. Dos años después la gran compañía quebró y el codiciado edificio salió a la venta. El día de la venta, él parecía no estar más cerca de ser el dueño de lo que había estado dos años antes, cuando comenzó a aplicar la ley de la asunción. Durante este periodo habían trabajado con esfuerzo, y sus clientes tenían plena confianza en ellos. Sin embargo, no habían ganado nada parecido a la cantidad de dinero necesaria para la compra de la propiedad. Tampoco tenían ninguna fuente de la cual pudieran pedir prestado el capital necesario. Lo que hacía aún más remota su posibilidad de conseguirlo era el hecho de que aquella era considerada la propiedad más deseable de la ciudad, y varias personas adineradas del mundo de los negocios estaban dispuestas a comprarla. El mismo día de la venta, para su total sorpresa, un hombre, casi un completo desconocido, entró en su tienda y se ofreció a comprar la propiedad para ellos. (Debido a ciertas condiciones inusuales de esta transacción, la familia del hijo ni siquiera podía hacer una oferta por la propiedad). Pensaron que el hombre bromeaba. Sin embargo, no era así. El hombre explicó que los había estado observando durante algún tiempo, que admiraba su capacidad, que creía en su integridad, y que aportarles el capital para que emprendieran un negocio a gran escala era para él una inversión sumamente sólida. Ese mismo día la propiedad fue suya. Aquello que el hijo se había empeñado en ver en su imaginación era ahora una realidad. La corazonada del desconocido resultó más que justificada. Hoy esta familia posee no solo el negocio en particular al que se refiere esta historia, sino también muchas de las industrias más grandes del país en el que viven.
El hijo, al ver el nombre de su familia sobre la entrada de este gran edificio mucho antes de que estuviera realmente allí, estaba usando exactamente la técnica que produce resultados. Al asumir el sentimiento de que ya tenía lo que deseaba, al hacer de esto una realidad vívida en su imaginación, con una persistencia decidida sin importar la apariencia o las circunstancias, inevitablemente hizo que su sueño se convirtiera en realidad.
Caso de Estudio 3
Esta es la historia de un resultado muy inesperado tras una entrevista con una dama que vino a consultarme.
Una tarde, una joven abuela, mujer de negocios en Nueva York, vino a verme. Traía consigo a su nieto de nueve años, que la visitaba desde su hogar en Pensilvania. En respuesta a sus preguntas, le expliqué la ley de la asunción, describiendo en detalle el procedimiento que debía seguirse para alcanzar un objetivo. El niño se sentó en silencio, aparentemente absorto en un pequeño camión de juguete, mientras yo le explicaba a la abuela el método de asumir el estado de consciencia que sería suyo si su deseo ya estuviera cumplido. Le conté la historia del soldado en el campamento que cada noche se quedaba dormido, imaginándose a sí mismo en su propia cama, en su propio hogar.
Cuando el niño y su abuela se marchaban, él levantó la vista hacia mí con gran entusiasmo y dijo: “Sé lo que quiero y, ahora, sé cómo conseguirlo”. Sorprendido, le pregunté qué era lo que quería; me dijo que tenía puesto el corazón en un cachorro. Ante esto la abuela protestó con vehemencia, diciéndole al niño que se le había dejado claro repetidas veces que no podía tener un perro bajo ninguna circunstancia... que su padre y su madre no lo permitirían, que el niño era demasiado pequeño para cuidarlo como es debido, y que además el padre sentía una profunda aversión hacia los perros, que en realidad odiaba tener uno cerca.
Todos estos eran argumentos que el niño, deseoso con pasión de tener un perro, se negaba a comprender. “Ahora sé qué hacer”, dijo. “Cada noche, justo cuando me esté quedando dormido, voy a imaginar que tengo un perro y que salimos a caminar”. “No”, dijo la abuela, “eso no es lo que el señor Neville quiere decir. Esto no era para ti. No puedes tener un perro”.
Aproximadamente seis semanas después, la abuela me contó lo que para ella fue una historia asombrosa. El deseo del niño de tener un perro era tan intenso que había absorbido todo lo que yo le había dicho a su abuela sobre cómo alcanzar el propio deseo, y creía con total convicción que por fin sabía cómo conseguir un perro.
Poniendo esta creencia en práctica, durante muchas noches el niño imaginó que un perro estaba tendido en su cama junto a él. En imaginación acariciaba al perro, sintiendo realmente su pelaje. Cosas como jugar con el perro y llevarlo a pasear llenaban su mente.
En cuestión de pocas semanas sucedió. Un periódico de la ciudad donde vivía el niño organizó un programa especial en relación con la Semana de la Bondad hacia los Animales. A todos los niños en edad escolar se les pidió que escribieran un ensayo sobre “Por qué me gustaría tener un perro”.
Después de que se presentaran y evaluaran los trabajos de todas las escuelas, se anunció al ganador del concurso. El mismo niño que semanas antes, en mi apartamento de Nueva York, me había dicho “Ahora sé cómo conseguir un perro” fue el ganador. En una elaborada ceremonia, que se dio a conocer con notas y fotografías en el periódico, al niño le entregaron un hermoso cachorro de collie.
Al relatar esta historia, la abuela me contó que si al niño le hubieran dado el dinero para comprar un perro, sus padres se habrían negado a hacerlo y lo habrían usado para comprarle un bono o depositarlo en una cuenta de ahorros para él. Además, si alguien le hubiera regalado un perro al niño, lo habrían rechazado o lo habrían regalado a su vez. Pero la manera tan dramática en que el niño consiguió el perro, la forma en que ganó el concurso a nivel de toda la ciudad, las notas y fotografías en el periódico, el orgullo del logro y la alegría del propio niño, todo esto en conjunto provocó un cambio de parecer en los padres, y se encontraron haciendo aquello que jamás habían creído posible: le permitieron quedarse con el perro.
Todo esto me lo explicó la abuela, y concluyó diciendo que había un tipo de perro en particular en el que el niño tenía puesto el corazón. Era un collie.
Caso de Estudio 4
Esto lo contó la tía de la historia ante todo el público, al final de una de mis conferencias.
Durante el turno de preguntas después de mi conferencia sobre la ley de la asunción, una dama que había asistido a muchas conferencias y que había tenido consultas personales conmigo en varias ocasiones se puso de pie y pidió permiso para contar una historia que ilustraba cómo había usado la ley con éxito.
Dijo que, al regresar a casa desde la conferencia de la semana anterior, había encontrado a su sobrina angustiada y terriblemente alterada. El esposo de la sobrina, quien era un oficial de las Fuerzas Aéreas del Ejército destinado en Atlantic City, acababa de recibir la orden, junto con el resto de su unidad, de partir a servicio activo en Europa. Entre lágrimas le contó a su tía que la razón de su angustia era que había tenido la esperanza de que a su esposo lo asignaran a Florida como instructor. A ambos les encantaba Florida y estaban ansiosos por ser destinados allí y no verse separados. Al escuchar esta historia, la tía afirmó que solo había una cosa por hacer, y era aplicar de inmediato la ley de la asunción. “Vamos a hacerlo realidad”, dijo. “Si de verdad estuvieras en Florida, ¿qué harías? Sentirías la brisa cálida. Olerías el aire salado. Sentirías tus dedos hundiéndose en la arena. Bueno, hagamos todo eso ahora mismo”.
Se quitaron los zapatos y, apagando las luces, en imaginación se sintieron realmente en Florida, sintiendo la brisa cálida, oliendo el aire del mar, hundiendo los dedos en la arena.
Cuarenta y ocho horas después el esposo recibió un cambio de órdenes. Sus nuevas instrucciones eran presentarse de inmediato en Florida como instructor de las Fuerzas Aéreas. Cinco días después su esposa iba en un tren para reunirse con él. Aunque la tía, para ayudar a su sobrina a alcanzar su deseo, se unió a ella en la asunción del estado de consciencia requerido, ella misma no fue a Florida. Ese no era su deseo. Ese, en cambio, era el anhelo intenso de la sobrina.
Caso de Estudio 5
Este caso es especialmente interesante por el corto intervalo de tiempo entre la aplicación de esta ley de la asunción y su manifestación visible.
Una mujer muy prominente vino a verme profundamente preocupada. Mantenía un hermoso apartamento en la ciudad y una gran casa de campo; pero como las muchas exigencias que se le imponían eran mayores que su modesto ingreso, era absolutamente indispensable que alquilara su apartamento si ella y su familia querían pasar el verano en su casa de campo.
En años anteriores el apartamento se había alquilado sin dificultad a comienzos de la primavera, pero el día en que vino a verme la temporada de alquileres de verano ya había terminado. El apartamento había estado en manos de los mejores agentes inmobiliarios durante meses, pero nadie había mostrado interés siquiera en ir a verlo.
Cuando ella me describió su situación, le expliqué cómo podía aplicarse la ley de la asunción para resolver su problema. Le sugerí que, imaginando que el apartamento ya había sido alquilado por una persona que deseaba ocuparlo de inmediato, y asumiendo que este era el caso, su apartamento realmente se alquilaría. Para crear el sentimiento necesario de naturalidad (el sentimiento de que ya era un hecho que su apartamento estaba alquilado) le sugerí que esa misma noche se dejara llevar hacia el sueño, imaginándose a sí misma, no en su apartamento, sino en el lugar donde dormiría si el apartamento se alquilara de repente. Ella captó la idea de inmediato y dijo que, en tal situación, dormiría en su casa de campo, aunque todavía no estuviera abierta para el verano.
Esta entrevista tuvo lugar un jueves. A las nueve de la mañana del sábado siguiente me llamó desde su casa de campo, emocionada y feliz. Me contó que la noche del jueves se había quedado dormida imaginando y sintiendo de verdad que estaba durmiendo en su otra cama, en su casa de campo, a muchos kilómetros del apartamento de la ciudad que ocupaba. El viernes, al día siguiente, un inquilino muy conveniente, que cumplía con todos sus requisitos como persona responsable, no solo alquiló el apartamento, sino que lo alquiló con la condición de poder mudarse ese mismo día.
Caso de Estudio 6
Solo el uso más completo e intenso de la ley de la asunción pudo haber producido semejantes resultados en esta situación extrema.
Hace cuatro años, un amigo de nuestra familia me pidió que hablara con su hijo de veintiocho años, de quien no se esperaba que sobreviviera.
Sufría de una rara enfermedad cardíaca. Esta enfermedad había provocado la desintegración del órgano. Un cuidado médico prolongado y costoso no había servido de nada. Los médicos no albergaban ninguna esperanza de recuperación. Durante mucho tiempo el hijo había estado confinado a su cama. Su cuerpo se había reducido casi a un esqueleto, y solo podía hablar y respirar con gran dificultad. Su esposa y sus dos hijos pequeños estaban en casa cuando llamé, y su esposa estuvo presente durante toda nuestra conversación.
Comencé diciéndole que solo había una solución para cualquier problema, y que esa solución era un cambio de actitud. Como hablar lo agotaba, le pedí que asintiera si comprendía con claridad lo que yo decía. Él aceptó hacerlo. Le describí los hechos que sustentan la ley de la consciencia, el hecho de que la consciencia era la única realidad. Le dije que la manera de cambiar cualquier condición era cambiar su estado de consciencia respecto a ella. Como ayuda específica para asistirlo a asumir el sentimiento de ya estar bien, le sugerí que en imaginación viera el rostro de su médico expresando un asombro incrédulo al encontrarlo recuperado, contra toda razón, de las últimas etapas de una enfermedad incurable, que lo viera examinándolo por segunda vez, sin poder creerlo, y que lo escuchara diciendo una y otra vez: “Es un milagro, es un milagro”.
No solo comprendió todo esto con claridad, sino que lo creyó de manera implícita. Prometió que seguiría fielmente este procedimiento. Su esposa, que había estado escuchando con atención, me aseguró que ella también usaría con diligencia la ley de la asunción y su imaginación de la misma manera que su esposo. Al día siguiente zarpé rumbo a Nueva York, todo esto sucedía durante unas vacaciones de invierno en los trópicos.
Varios meses después recibí una carta que decía que el hijo había tenido una recuperación milagrosa. En mi siguiente visita me reuní con él en persona. Estaba en perfecta salud, dedicado activamente a los negocios y disfrutando plenamente de las numerosas actividades sociales con sus amigos y su familia.
Me contó que, desde el día en que partí, nunca dudó de que “aquello” funcionaría. Describió cómo había seguido fielmente la sugerencia que le había hecho y cómo, día tras día, había vivido por completo en la asunción de que ya estaba bien y fuerte.
Ahora, cuatro años después de su recuperación, está convencido de que la única razón por la que hoy sigue aquí se debe al uso exitoso que hizo de la ley de la asunción.
Caso de Estudio 7
Esta historia ilustra el uso exitoso de la ley por parte de un ejecutivo de negocios de Nueva York.
En el otoño de 1950, un ejecutivo de uno de los bancos más prominentes de Nueva York conversó conmigo sobre un serio problema que enfrentaba. Me dijo que las perspectivas de su progreso y ascenso personal eran muy sombrías. Habiendo llegado a la mediana edad y sintiendo que una mejora notable en su posición e ingresos estaba justificada, había “hablado a fondo” con sus superiores. Ellos le dijeron con franqueza que cualquier mejora importante era imposible, e insinuaron que si estaba insatisfecho, podía buscar otro empleo. Esto, por supuesto, solo aumentó su desasosiego. En nuestra conversación me explicó que no tenía un gran deseo de ganar realmente mucho dinero, pero que necesitaba un ingreso sustancial para mantener su hogar con comodidad y costear la educación de sus hijos en buenos colegios preparatorios y universidades. Esto le resultaba imposible con su ingreso actual. La negativa del banco a asegurarle algún ascenso en un futuro cercano le provocó un sentimiento de descontento y un intenso deseo de conseguir una mejor posición con considerablemente más dinero. Me confió que el tipo de trabajo que le gustaría más que nada en el mundo era uno en el que administrara los fondos de inversión de una gran institución, como una fundación o una gran universidad.
Al explicarle la ley de la asunción, le dije que su situación actual era solamente una manifestación del concepto que tenía de sí mismo, y declaré que si quería cambiar las circunstancias en las que se encontraba, podía hacerlo cambiando su concepto de sí mismo. Para producir este cambio de consciencia, y con ello un cambio en su situación, le pedí que siguiera este procedimiento cada noche, justo antes de quedarse dormido: en imaginación debía sentir que se retiraba a descansar al final de uno de los días más importantes y exitosos de su vida. Debía imaginar que ese mismo día había cerrado un trato para unirse al tipo de organización con la que anhelaba estar, y exactamente en el cargo que deseaba. Le sugerí que, si lograba llenar por completo su mente con este sentimiento, experimentaría una sensación definida de alivio. En este estado de ánimo, su desasosiego y descontento serían cosa del pasado. Sentiría la satisfacción que llega con el cumplimiento del deseo. Terminé asegurándole que si hacía esto fielmente, inevitablemente conseguiría el tipo de posición que quería.
Esto ocurrió en la primera semana de diciembre. Noche tras noche, sin excepción, siguió este procedimiento. A comienzos de febrero, el director de una de las fundaciones más ricas del mundo le preguntó a este ejecutivo si estaría interesado en unirse a la fundación en un cargo ejecutivo, manejando inversiones. Tras una breve conversación, aceptó.
Hoy, con un ingreso sustancialmente mayor y con la seguridad de un progreso constante, este hombre se encuentra en una posición que supera con creces todo lo que había esperado.
Caso de Estudio 8
El esposo y la esposa de esta historia han asistido a mis conferencias durante varios años. Es una ilustración interesante del uso consciente de esta ley por parte de dos personas que se concentran en un mismo objetivo al mismo tiempo.
Este esposo y esta esposa formaban una pareja excepcionalmente dedicada el uno al otro. Su vida era completamente feliz y estaba enteramente libre de problemas o frustraciones.
Desde hacía algún tiempo habían planeado mudarse a un apartamento más grande. Cuanto más lo pensaban, más se daban cuenta de que lo que en verdad anhelaban era un hermoso ático. Al conversarlo juntos, el esposo explicó que quería uno con una ventana enorme que diera a una vista magnífica. La esposa dijo que le gustaría tener una de las paredes cubierta de espejos de arriba abajo. Ambos querían tener una chimenea de leña. Era indispensable que el apartamento estuviera en la ciudad de Nueva York.
Durante meses habían buscado en vano un apartamento así. De hecho, la situación en la ciudad era tal que conseguir cualquier tipo de apartamento era casi una imposibilidad. Eran tan escasos que no solo existían listas de espera para conseguirlos, sino que además intervenían todo tipo de arreglos especiales, incluyendo primas, la compra de mobiliario, etcétera. Los apartamentos nuevos se alquilaban mucho antes de estar terminados, muchos de ellos arrendados a partir de los planos del edificio.
A comienzos de la primavera, tras meses de búsqueda infructuosa, finalmente encontraron uno que consideraron seriamente. Era un apartamento tipo ático en un edificio que se estaba terminando de construir en la parte alta de la Quinta Avenida, frente a Central Park. Tenía un inconveniente serio. Al ser un edificio nuevo, no estaba sujeto a control de alquileres, y la pareja sentía que el alquiler anual era exorbitante. De hecho, era varios miles de dólares al año más de lo que habían considerado pagar. Durante los meses de primavera, marzo y abril, siguieron viendo distintos áticos por toda la ciudad, pero siempre volvían a aquel. Finalmente decidieron aumentar considerablemente la cantidad que estarían dispuestos a pagar e hicieron una propuesta que el agente del edificio aceptó transmitir a los propietarios para su consideración.
Fue en este punto, sin haberlo hablado entre ellos, que cada uno decidió aplicar la ley de la asunción. No fue sino hasta más tarde que cada uno se enteró de lo que el otro había hecho. Noche tras noche, ambos se quedaban dormidos imaginando que estaban en el apartamento que consideraban. El esposo, tendido con los ojos cerrados, imaginaba que las ventanas de su habitación daban al parque. Imaginaba que iba a la ventana a primera hora de la mañana y disfrutaba de la vista. Se sentía a sí mismo sentado en la terraza con vista al parque, tomando cócteles con su esposa y sus amigos, todos disfrutándolo plenamente. Llenaba su mente sintiéndose realmente en el ático y en la terraza. Durante todo este tiempo, sin que él lo supiera, su esposa hacía exactamente lo mismo.
Pasaron varias semanas sin que los propietarios tomaran ninguna decisión, pero ambos siguieron imaginando, cada noche al quedarse dormidos, que en verdad estaban durmiendo en el ático. Un día, para su total sorpresa, uno de los empleados del edificio de apartamentos donde vivían les contó que el ático de ese edificio estaba vacante. Se sorprendieron porque el suyo era uno de los edificios más deseables de la ciudad, con una ubicación perfecta justo frente a Central Park. Sabían que había una larga lista de espera de personas que intentaban conseguir un apartamento en su edificio. El hecho de que un ático hubiera quedado disponible inesperadamente se mantuvo en silencio por parte de la administración, ya que no estaban en condiciones de considerar a ningún solicitante para él.
Al enterarse de que estaba vacante, esta pareja de inmediato pidió que se les alquilara, solo para que les dijeran que aquello era imposible. Lo cierto era que no solo había varias personas en una lista de espera para un ático en el edificio, sino que además ya había sido prometido a una familia. A pesar de esto, la pareja mantuvo una serie de reuniones con la administración, al final de las cuales el apartamento fue suyo.
Como el edificio estaba sujeto a control de alquileres, el precio que pagaron fue prácticamente el mismo que habían planeado pagar cuando empezaron a buscar un ático. La ubicación, el apartamento en sí, y la gran terraza que lo rodeaba por el sur, el oeste y el norte, superaron todas sus expectativas. Y en la sala, en uno de los lados, hay una ventana gigante de cuatro metros y medio por dos metros y medio con una vista magnífica de Central Park; una de las paredes está cubierta de espejos de piso a techo, y hay una chimenea de leña.
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✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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