Este capítulo forma parte del libro Fuera de Este Mundo(1949).
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Capítulo 4: Nadie que Cambiar Salvo a Uno Mismo
“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (Juan 17:19)
El ideal al que servimos y por el que nos esforzamos para alcanzar nunca podría evolucionar de nosotros si no estuviera potencialmente involucrado en nuestra naturaleza.
Es ahora mi propósito relatar y enfatizar una experiencia mía publicada por mí hace dos años. Creo que estas citas de “LA BÚSQUEDA” nos ayudarán a comprender el funcionamiento de la ley de la conciencia y nos mostrarán que no hay nadie que cambiar salvo a uno mismo.
“Una vez, en un momento de calma en el mar, medité sobre ‘el estado perfecto’ y me pregunté qué sería yo si tuviera los ojos demasiado puros para contemplar la iniquidad, si para mí todas las cosas fueran puras y yo estuviera sin condenación. Mientras me perdía en este ardiente meditación, me encontré elevado por encima del oscuro entorno de los sentidos. Tan intenso era el sentimiento que me sentí un ser de fuego habitando en un cuerpo de aire. Voces, como de un coro celestial, con la exaltación de quienes habían sido vencedores en un conflicto con la muerte, cantaban: ‘Ha resucitado, ha resucitado’, e intuitivamente supe que se referían a mí.”
“Entonces pareció que caminaba en la noche. Pronto llegué a una escena que bien podría haber sido la antigua Piscina de Betesda, pues en ese lugar yacía una gran multitud de lisiados, ciegos, cojos, paralíticos, que esperaban no el movimiento del agua según la tradición, sino que me esperaban a mí. Al acercarme, sin pensamiento ni esfuerzo de mi parte, fueron moldeados uno tras otro como por el Mago de lo Bello. Ojos, manos, pies, todos los miembros que faltaban, fueron extraídos de algún depósito invisible y moldeados en armonía con aquella perfección que sentía brotar dentro de mí. Cuando todos fueron hechos perfectos, el coro exclamó: ‘Está consumado.’ Entonces la escena se disolvió y desperté.”
Sé que la visión fue el resultado de mi intensa meditación sobre la idea de la perfección, pues mis meditaciones invariablemente producen una unión con el estado contemplado. Me había absorbido tan completamente dentro de la idea que por un momento me había convertido en aquello que contemplaba, y el elevado propósito con el que me había identificado en ese momento atrajo la compañía de las cosas elevadas y dio forma a la visión en armonía con mi naturaleza interior. El ideal con el que estamos unidos actúa por asociación de ideales para despertar mil estados de ánimo y crear un drama en consonancia con la idea central.
Mis experiencias místicas me han convencido de que no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos salvo por la transformación de nosotros mismos.
En la economía divina nada se pierde. No podemos perder nada salvo por descender de la esfera donde esa cosa tiene su vida natural. No hay poder transformador en la muerte y, tanto si estamos aquí como allá, damos forma al mundo que nos rodea por la intensidad de nuestra imaginación y sentimiento, e iluminamos u oscurecemos nuestras vidas por los conceptos que sostenemos de nosotros mismos. Nada es más importante para nosotros que nuestra concepción de nosotros mismos, y esto es especialmente cierto en lo que respecta a nuestro concepto del Uno dimensionalmente grande que hay dentro de nosotros.
Quienes nos ayudan o nos obstaculizan, lo sepan o no, son los servidores de esa ley que da forma a las circunstancias exteriores en armonía con nuestra naturaleza interior. Es nuestra concepción de nosotros mismos la que nos libera o nos limita, aunque para lograr su propósito pueda valerse de medios materiales.
Porque la vida moldea el mundo exterior para reflejar la disposición interior de nuestras mentes, no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos salvo por la transformación de nosotros mismos. Ningún socorro viene de fuera; las colinas hacia las que alzamos los ojos son las de una cordillera interior. Es así a nuestra propia conciencia a la que debemos volvernos como a la única realidad, el único fundamento sobre el que todos los fenómenos pueden explicarse. Podemos confiar absolutamente en la justicia de esta ley para darnos únicamente aquello que es de la naturaleza de nosotros mismos.
Intentar cambiar el mundo antes de cambiar nuestro concepto de nosotros mismos es luchar contra la naturaleza de las cosas. No puede haber cambio exterior sin que haya primero un cambio interior. Como es adentro, es afuera. No estoy abogando por la indiferencia filosófica cuando sugiero que debemos imaginarnos a nosotros mismos como siendo ya aquello que queremos ser, viviendo en una atmósfera mental de grandeza, en lugar de usar medios físicos y argumentos para producir el cambio deseado. Todo lo que hacemos, sin ir acompañado de un cambio de conciencia, no es más que un reajuste inútil de superficies. Por mucho que nos esforcemos o luchemos, no podemos recibir más de lo que nuestras asunciones afirman. Protestar contra cualquier cosa que nos ocurra es protestar contra la ley de nuestro ser y contra nuestro dominio sobre nuestro propio destino.
Las circunstancias de mi vida están tan estrechamente relacionadas con mi concepción de mí mismo que no pueden sino haber sido formadas por mi propio espíritu desde algún depósito dimensionalmente más amplio de mi ser. Si hay dolor para mí en estos acontecimientos, debo buscar la causa dentro de mí mismo, pues soy movido de aquí para allá y hecho vivir en un mundo en armonía con mi concepto de mí mismo.
La meditación intensa produce una unión con el estado contemplado, y durante esta unión vemos visiones, tenemos experiencias y nos comportamos en consonancia con nuestro cambio de conciencia. Esto nos muestra que una transformación de la conciencia producirá un cambio en el entorno y en el comportamiento.
Todas las guerras demuestran que las emociones violentas son extremadamente potentes para precipitar reordenamientos mentales. Todo gran conflicto ha sido seguido por una era de materialismo y codicia en la que los ideales por los que aparentemente se libró el conflicto quedan sumergidos.
Esto es inevitable porque la guerra evoca el odio, que impulsa un descenso en la conciencia desde el plano del ideal hasta el nivel donde se libra el conflicto. Si pudiéramos emocionarnos tanto por nuestros ideales como nos emocionamos por nuestras aversiones, ascenderíamos al plano de nuestro ideal con la misma facilidad con que ahora descendemos al nivel de nuestros odios.
El amor y el odio tienen un poder mágico de transformación, y a través de su ejercicio crecemos hasta adquirir la semejanza de aquello que contemplamos. Por la intensidad del odio creamos en nosotros mismos el carácter que imaginamos en nuestros enemigos. Las cualidades mueren por falta de atención, por lo que los estados poco hermosos podrían eliminarse mejor imaginando “belleza en lugar de cenizas y alegría en lugar de luto” (Isaías 61:3), en lugar de atacar directamente el estado del que queremos liberarnos.
“Todo lo que es amable y de buen nombre, pensad en estas cosas” (Filipenses 4:8), porque nos convertimos en aquello con lo que estamos en sintonía.
No hay nada que cambiar salvo nuestro concepto de nosotros mismos. Tan pronto como logremos transformarnos a nosotros mismos, nuestro mundo se disolverá y se remodelará a sí mismo en armonía con aquello que nuestro cambio afirma.
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✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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