Este capítulo forma parte del libro Fuera de Este Mundo(1949).
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Capítulo 3: El Poder de la Imaginación
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)
Los hombres afirman que un juicio verdadero debe conformarse a la realidad exterior a la que se refiere. Esto significa que si yo, estando encarcelado, me sugiero a mí mismo que soy libre y logro creer que soy libre, es cierto que creo en mi libertad; pero eso no significa que sea libre, pues puedo ser víctima de una ilusión. Pero, debido a mis propias experiencias, he llegado a creer en tantas cosas extrañas que encuentro pocas razones para dudar de la verdad de cosas que están más allá de mi experiencia.
Los maestros antiguos nos advirtieron que no juzgáramos por las apariencias porque, dijeron ellos, la verdad no necesita conformarse a la realidad exterior a la que se refiere. Afirmaron que dábamos falso testimonio si imaginábamos el mal contra otro, que sin importar cuán real parezca nuestra creencia, cuán verdaderamente se conforme a la realidad exterior a la que se refiere, si no hace libre a aquel sobre quien sostenemos esa creencia, es falsa y por lo tanto un juicio equivocado.
Se nos llama a negar la evidencia de nuestros sentidos e imaginar como verdadero en nuestro prójimo aquello que lo hace libre. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” Para conocer la verdad de nuestro prójimo debemos asumir que él es ya aquello que desea ser. Todo concepto que tengamos de otro que no alcance su deseo cumplido no lo hará libre y, por lo tanto, no puede ser la verdad.
En lugar de aprender mi oficio en escuelas donde asistir a cursos y seminarios se considera un sustituto del conocimiento adquirido por uno mismo, mi formación estuvo dedicada casi exclusivamente al poder de la imaginación. Pasé horas imaginándome ser distinto de lo que mi razón y mis sentidos dictaban, hasta que los estados imaginados eran tan vívidos como la realidad, tan vívidos que el transeúnte no era más que una parte de mi imaginación y actuaba como yo quería que actuara. Por el poder de la imaginación, mi fantasía dirigía la de ellos y les dictaba su comportamiento y el discurso que sostenían mientras yo estaba identificado con mi estado imaginado. La imaginación del hombre es el hombre mismo, y el mundo tal como la imaginación lo ve es el mundo real; pero es nuestro deber imaginar todo lo que es hermoso y de buen nombre (Filipenses 4:8).
“Porque el Señor no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón.” (1 Samuel 16:7)
“Como el hombre piensa en su corazón, así es él.” (Proverbios 23:7)
En la meditación, cuando el cerebro se vuelve luminoso, encuentro mi imaginación dotada del poder magnético de atraer hacia mí todo aquello que deseo. El deseo es el poder que usa la imaginación para dar forma a la vida a mi alrededor mientras le doy forma dentro de mí mismo.
Primero deseo ver a una persona o escena determinada, y luego miro como si estuviera viendo aquello que quiero ver, y el estado imaginado se vuelve objetivamente real. Deseo escuchar, y luego escucho como si estuviera oyendo, y la voz imaginada habla aquello que yo dicto como si ella hubiera iniciado el mensaje. Podría darte muchos ejemplos para demostrar mis argumentos, para demostrar que estos estados imaginados sí se convierten en realidades físicas; pero sé que mis ejemplos despertarán en todos aquellos que no han tenido experiencias similares o que no están inclinados hacia mis argumentos una incredulidad de lo más natural.
Sin embargo, la experiencia me ha convencido de la verdad de la afirmación:
“Llama las cosas que no son como si fueran.” (Romanos 4:17)
Pues yo he llamado, en meditación intensa, las cosas que no se veían como si fueran, y lo invisible no solo llegó a verse, sino que con el tiempo se convirtió en realidad física.
Por este método, primero deseando y luego imaginando que estamos experimentando aquello que deseamos experimentar, podemos moldear el futuro en armonía con nuestro deseo. Pero sigamos el consejo del profeta y pensemos solo en lo hermoso y lo bueno, porque la imaginación nos aguarda con igual indiferencia y con igual prontitud tanto cuando nuestra naturaleza es malvada como cuando es buena. De nosotros brotan el bien y el mal.
“Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, y la muerte y el mal.” (Deuteronomio 30:15)
El deseo y la imaginación son la vara mágica del encantador de la fábula y atraen hacia sí sus propias afinidades. Se manifiestan mejor cuando la mente está en un estado cercano al sueño. He descrito con cierto cuidado y detalle el método que utilizo para entrar en el mundo dimensionalmente más amplio, pero daré una fórmula más para abrir la puerta de ese mundo más amplio.
“En un sueño, en una visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, en los adormecimientos sobre el lecho; entonces él abre los oídos de los hombres y sella su instrucción.” (Job 33:15,16)
En el sueño somos por lo general el servidor de nuestra visión más que su amo, pero la fantasía interior del sueño puede convertirse en una realidad exterior. En el sueño, como en la meditación, nos deslizamos de este mundo hacia un mundo dimensionalmente más amplio, y sé que las formas en el sueño no son las imágenes planas y bidimensionales que los psicólogos modernos creen que son.
Son realidades sustanciales del mundo dimensionalmente más amplio, y puedo aferrarme a ellas. He descubierto que, si me sorprendo a mí mismo soñando, puedo aferrarme a cualquier forma inanimada o estacionaria del sueño, una silla, una mesa, una escalera, un árbol, y ordenar despertar mientras me afirmo firmemente al objeto del sueño, y soy atraído a través de mí mismo con el nítido sentimiento de despertar del sueño. Despierto en otra esfera sosteniendo el objeto de mi sueño, para descubrir que ya no soy el servidor de mi visión sino su amo, pues estoy plenamente consciente y en control de los movimientos de mi atención. Es en este estado de plena conciencia, cuando estamos en control de la dirección del pensamiento, que llamamos las cosas que no se ven como si fueran. En este estado llamamos las cosas deseando y asumiendo el sentimiento de nuestro deseo cumplido.
A diferencia del mundo de tres dimensiones, donde hay un intervalo entre nuestra asunción y su cumplimiento, en el mundo dimensionalmente más amplio hay una realización inmediata de nuestra asunción. La realidad exterior refleja instantáneamente nuestra asunción. Aquí no es necesario esperar cuatro meses hasta la cosecha (véase Juan 4:35). Miramos de nuevo como si viéramos, y he aquí que los campos ya están blancos para la cosecha.
En este mundo dimensionalmente más amplio “no necesitaréis pelear; paraos, estad quietos y ved la salvación del Señor con vosotros” (2 Crónicas 20:17), y porque ese mundo más amplio se desplaza lentamente a través de nuestro mundo tridimensional, podemos por el poder de la imaginación moldear nuestro mundo en armonía con nuestro deseo. Mira como si vieras; escucha como si oyeras; extiende tu mano imaginaria como si tocaras... Y tus asunciones se cristalizarán en hechos.
Para quienes creen que un juicio verdadero debe conformarse a la realidad exterior a la que se refiere, esto será una necedad y un tropiezo (1 Corintios 1:23). Pero yo predico y practico la fijación en la conciencia de aquello que el hombre desea realizar. La experiencia me convence de que las actitudes mentales fijas que no se conforman a la realidad exterior a la que se refieren y que por ello se llaman imaginarias, las “cosas que no son”, sin embargo “reducirán a la nada las cosas que son.” (1 Corintios 1:28)
No deseo escribir un libro de maravillas, sino devolver la mente del hombre a la única y verdadera realidad que los maestros antiguos adoraban como Dios. Todo lo que se dijo de Dios fue en realidad dicho de la conciencia del hombre, por lo que podemos decir “que, según está escrito, el que se gloría, gloríese en su propia conciencia” (1 Corintios 1:31; 2 Corintios 10:17,18). “Mas el que se gloría, gloríese en esto: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra.” (Jeremías 9:24)
Ningún hombre necesita ayuda para dirigirse en la aplicación de esta ley de la conciencia. “YO SOY” es la autodefinición de lo absoluto. La raíz de la que todo crece.
“Yo soy la vid.” (Juan 15:1; 15:5)
¿Cuál es tu respuesta a la pregunta eterna:
“¿Quién soy yo?”
Tu respuesta determina el papel que desempeñas en el drama del mundo. Tu respuesta, es decir, tu concepto de ti mismo, no necesita conformarse a la realidad exterior a la que se refiere. Esta gran verdad se revela en las palabras:
“Diga el débil: Soy Fuerte” (Joel 3:10)
Mira cuántos años nuevos han quedado cargados de buenas resoluciones incumplidas. Vivieron un poco y luego murieron. ¿Por qué? Porque fueron separadas de su raíz. Asume que eres aquello que quieres ser. Experimenta en la imaginación lo que experimentarías en la carne si ya fueras aquello que quieres ser. Permanece fiel a tu asunción, de modo que te definas a ti mismo como aquello que has asumido.
Las cosas no tienen vida si son separadas de sus raíces, y nuestra conciencia, nuestra Yo Soy-dad, es la raíz de todo lo que brota en nuestro mundo.
“Si no creéis que YO SOY él, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24), es decir, si yo no creo que ya soy aquello que deseo ser, entonces permanezco como soy y muero en mi concepto presente de mí mismo. No hay poder, fuera de la conciencia del hombre, capaz de resucitar y dar vida a aquello que el hombre desea experimentar. El hombre que está acostumbrado a evocar a voluntad las imágenes que le plazcan será, en virtud del poder de su imaginación, el amo de su destino.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque estuviere muerto, vivirá.” (Juan 11:25)
“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)
✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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