Este capítulo forma parte del libro Imaginación Despierta (1954).
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Capítulo I · ¿QUIÉN ES TU IMAGINACIÓN?
“No descanso de mi gran tarea
de abrir los Mundos Eternos,
de abrir los ojos inmortales
del Hombre hacia dentro, hacia los Mundos del Pensamiento: hacia la Eternidad,
que se expande sin cesar en el Seno de Dios,
la Imaginación Humana.”
(Blake, Jerusalem 5:18-20)
CIERTAS PALABRAS, con el uso prolongado, adquieren tantas connotaciones extrañas que casi dejan de significar algo en absoluto. Tal es la palabra imaginación. Esta palabra está hecha para servir a toda clase de ideas, algunas de ellas directamente opuestas entre sí. Fantasía, pensamiento, alucinación, sospecha: en efecto, tan amplio es su uso y tan variados sus significados, que la palabra imaginación no tiene estatus ni significado fijo.
Por ejemplo, le pedimos a un hombre que “use su imaginación”, queriendo decir que su perspectiva actual es demasiado limitada y por lo tanto no está a la altura de la tarea. Al momento siguiente le decimos que sus ideas son “pura imaginación”, dando a entender con ello que sus ideas carecen de fundamento. Hablamos de una persona celosa o suspicaz como “víctima de su propia imaginación”, queriendo decir que sus pensamientos son falsos. Un minuto después rendimos a un hombre el más alto tributo al describirlo como “hombre de imaginación”.
Así pues, la palabra imaginación no tiene un significado definido. Ni siquiera el diccionario nos ayuda. Define la imaginación como (1) el poder o acto de la mente para formar imágenes, el principio constructivo o creativo; (2) un fantasma; (3) una noción o creencia irracional; (4) planear, tramar o maquinar, en cuanto implica una construcción mental.
Identifico a la figura central de los Evangelios con la imaginación humana, el poder que hace inevitables el perdón de los pecados y el logro de nuestras metas.
“Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.” (Juan 1:3)
Solo hay una cosa en el mundo, la Imaginación, y todas nuestras deformaciones de ella.
“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto.” (Isaías 53:3)
La imaginación es la verdadera puerta de entrada a la realidad.
“El Hombre”, dijo Blake**, “es o el arca de Dios o un fantasma de la tierra y del agua”. “Naturalmente, no es más que un órgano natural sujeto al Sentido”. “El Cuerpo Eterno del Hombre es la Imaginación: eso es Dios mismo, el Cuerpo Divino. [yod, shin, ayin; de derecha a izquierda]: Jesús: nosotros somos Sus Miembros”.** (Blake)
No conozco una definición más grande ni más verdadera de la Imaginación que la de Blake. Por la imaginación tenemos el poder de ser cualquier cosa que deseemos ser.
Mediante la imaginación, desarmamos y transformamos la violencia del mundo. Tanto nuestras relaciones más íntimas como nuestras relaciones más casuales se vuelven imaginativas, a medida que despertamos al “misterio oculto desde los siglos” [Colosenses 1:26], de que Cristo en nosotros es nuestra imaginación.
Entonces nos damos cuenta de que solo si vivimos mediante la imaginación puede decirse verdaderamente que vivimos.
Quiero que este libro sea la obra más sencilla, más clara y más franca que yo tenga el poder de hacer, para animarte a funcionar imaginativamente, para que abras tus “ojos inmortales hacia dentro, hacia los Mundos del Pensamiento” [William Blake], donde contemples cada deseo de tu corazón como grano maduro, “ya blanco para la siega” [Juan 4:35].
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)
La vida abundante que Cristo nos prometió es nuestra para experimentarla ahora, pero no podremos experimentarla hasta que tengamos el sentido de Cristo como nuestra imaginación.
“El misterio oculto desde los siglos… Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:26,27), es tu imaginación.
Este es el misterio que yo mismo me esfuerzo sin cesar por comprender más profundamente, y que insto a los demás a hacer suyo.
La imaginación es nuestro redentor, “el Señor del cielo”, nacido del hombre pero no engendrado por el hombre [Credo Niceno-Constantinopolitano o Símbolo de la Fe, 325/381 d.C.].
Todo hombre es María y a Cristo debe dar a luz.
Si la historia de la concepción inmaculada y el nacimiento de Cristo le parece irracional al hombre, es solo porque se lee erróneamente como biografía, historia y cosmología, y los exploradores modernos de la imaginación no ayudan al llamarla la mente inconsciente o subconsciente.
El nacimiento y crecimiento de la imaginación es la transición gradual de un Dios de tradición a un Dios de experiencia. Si el nacimiento de Cristo en el hombre parece lento, es solo porque el hombre no está dispuesto a soltar el ancla cómoda pero falsa de la tradición.
Cuando la imaginación sea descubierta como el primer principio de la religión, la piedra del entendimiento literal habrá sentido la vara de Moisés y, como la roca de Sion [Isaías 28:16; Romanos 9:33], hará brotar el agua del significado psicológico para saciar la sed de la humanidad; y todos los que tomen la copa ofrecida y vivan una vida conforme a esta verdad transformarán el agua del significado psicológico en el vino del perdón. Entonces, como el buen samaritano [Lucas 10:33-35], la derramarán sobre las heridas de todos.
El Hijo de Dios no se encuentra en la historia, ni en ninguna forma externa. Solo puede encontrarse como la imaginación de aquel en quien Su presencia se manifiesta.
“¡Oh, si tu corazón fuera un pesebre para Su nacimiento!
Dios volvería una vez más a hacerse niño en la tierra.” (Angelus Silesius, poeta del siglo XVII)
El hombre es el jardín en el que duerme este Hijo unigénito de Dios. Él despierta a este Hijo al elevar su imaginación hacia el cielo y al revestir a los hombres de una estatura semejante a la de Dios. Debemos seguir imaginando algo mejor que lo mejor que ya conocemos.
El hombre, en el momento de su despertar a la vida imaginativa, debe enfrentar la prueba de la Filiación1.
“Padre, revela a Tu Hijo en mí” [James Montgomery]
y a Dios “le agradó revelar a Su Hijo en mí”. (Gálatas 1:15,16)
La prueba suprema de la Filiación es el perdón del pecado. La prueba de que tu imaginación es Cristo Jesús, el Hijo de Dios, es tu capacidad de perdonar el pecado. Pecado significa errar el blanco en la vida, quedarse corto respecto al propio ideal, no lograr el propio objetivo. Perdón significa la identificación del hombre con su ideal u objetivo en la vida. Esta es la obra de la imaginación despierta, la obra suprema, porque pone a prueba la capacidad del hombre para adentrarse en la naturaleza de su opuesto y participar de ella.
“Diga el débil: Fuerte soy.” (Joel 4:10, RV1960)
Racionalmente, esto es imposible. Solo la imaginación despierta puede entrar en la naturaleza de su opuesto y participar de ella.
Esta concepción de Cristo Jesús como la imaginación humana plantea estas preguntas fundamentales:
¿Es la imaginación un poder suficiente, no solo para permitirme asumir que soy fuerte, sino también capaz por sí misma de ejecutar la idea?
Supongamos que deseo estar en algún otro lugar o situación. ¿Podría, imaginándome a mí mismo en ese estado y lugar, provocar su realización física? Supongamos que no pudiera costear el viaje, y supongamos que mi situación social y financiera actual se opone a la idea que quiero realizar. ¿Sería la imaginación suficiente por sí misma para encarnar estos deseos? ¿Comprende la imaginación la razón? Por razón entiendo las deducciones a partir de las observaciones de los sentidos.
¿Reconoce el mundo externo de los hechos? En el modo práctico de la vida cotidiana, ¿es la imaginación una guía completa para el comportamiento?
Supongamos que soy capaz de actuar con imaginación continua, es decir, supongamos que soy capaz de sostener el sentimiento de mi deseo cumplido, ¿mi asunción se cristalizará en un hecho?
Y, si llega a cristalizar en un hecho, ¿encontraré, al reflexionar, que mis acciones durante el período de incubación han sido razonables? ¿Es mi imaginación un poder suficiente, no solo para asumir el sentimiento del deseo cumplido, sino también capaz por sí misma de encarnar la idea?
Después de asumir que ya soy lo que quiero ser, ¿debo guiarme continuamente por ideas y acciones razonables para lograr el cumplimiento de mi asunción?
La experiencia me ha convencido de que una asunción, aunque sea falsa, si se persiste en ella, se cristalizará en un hecho, de que la imaginación continua es suficiente para todas las cosas, y de que todos mis planes y acciones razonables jamás compensarán mi falta de imaginación continua.
¿No es cierto que las enseñanzas de los Evangelios solo pueden recibirse en términos de fe, y que el Hijo de Dios busca constantemente señales de fe en las personas, es decir, fe en su propia imaginación?
¿No es la promesa “Creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24), lo mismo que “Imagina que eres y serás”? ¿No fue acaso un estado imaginario aquel en el que Moisés “se sostuvo como viendo al Invisible” [Hebreos 11:27]?
¿No fue acaso por el poder de su propia imaginación que él se sostuvo?
La verdad depende de la intensidad de la imaginación, no de los hechos externos. Los hechos son el fruto que da testimonio del uso o mal uso de la imaginación.
El hombre se convierte en aquello que imagina. Tiene una historia autodeterminada. La imaginación es el camino, la verdad, la vida revelada.
No podemos captar la verdad con la mente lógica. Donde el hombre natural de los sentidos ve un capullo, la imaginación ve una rosa en plena flor.
La verdad no puede ser abarcada por los hechos.
A medida que despertamos a la vida imaginativa, descubrimos que imaginar una cosa es hacer que sea así, que un juicio verdadero no necesita ajustarse a la realidad externa con la que se relaciona.
El hombre imaginativo no niega la realidad del mundo externo sensible del Devenir, pero sabe que es el mundo interior de la Imaginación continua la fuerza mediante la cual el mundo externo sensible del Devenir se hace realidad. Él ve el mundo externo y todos sus acontecimientos como proyecciones del mundo interior de la Imaginación.
Para él, todo es una manifestación de la actividad mental que ocurre en la imaginación del hombre, sin que el hombre sensible y razonable sea consciente de ello.
Pero él sabe que todo hombre debe hacerse consciente de esta actividad interior y ver la relación entre el mundo causal interior de la imaginación y el mundo externo sensible de los efectos.
Es algo maravilloso descubrir que puedes imaginarte a ti mismo dentro del estado de tu deseo cumplido y escapar de las cárceles que la ignorancia construyó.
El Hombre Real es una Imaginación Magnífica.
Es este yo el que debe despertar.
“Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.” (Efesios 5:14)
En el momento en que el hombre descubre que su imaginación es Cristo, realiza actos que en este nivel solo pueden llamarse milagrosos. Pero hasta que el hombre tenga el sentido de Cristo como su imaginación, “tú no me elegiste a mí, yo te elegí a ti” (Juan 15:16), verá todo en pura objetividad, sin ninguna relación subjetiva.
Al no darse cuenta de que todo lo que encuentra es parte de sí mismo, se rebela ante la idea de que él ha elegido las condiciones de su vida, de que estas están relacionadas por afinidad con su propia actividad mental.
El hombre debe llegar a creer con firmeza que la realidad está dentro de él y no fuera.
Aunque los demás tengan cuerpos, una vida propia, su realidad está enraizada en ti, termina en ti, así como la tuya termina en Dios.
Nota de contexto: en el pensamiento de Pablo, de donde Neville toma el término "Sonship" (filiación), esta no es solo el hecho de ser hijo de Dios por naturaleza, sino el estado que se reconoce, se asume y se vive activamente. Es la diferencia entre serlo y comportarse como tal. Por eso Neville la presenta como una prueba que el hombre debe enfrentar en el momento de su despertar, un despertar que se demuestra en la conducta, en este caso, en la capacidad de perdonar.



