Este capítulo forma parte del libro Imaginación Despierta (1954).
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Capítulo II · INSTRUCCIONES SELLADAS
“El primer poder que nos encuentra en el umbral del dominio del alma es el poder de la imaginación.” (Dr. Franz Hartmann)
TOMÉ CONCIENCIA por primera vez del poder, la naturaleza y la función redentora de la imaginación a través de las enseñanzas de mi amigo Abdullah; y mediante experiencias posteriores, aprendí que Jesús era un símbolo de la llegada de la imaginación al hombre, que la prueba de Su nacimiento en el hombre era la capacidad del individuo de perdonar el pecado, es decir, su capacidad de identificarse a sí mismo o a otro con su objetivo en la vida.
Sin la identificación del hombre con su objetivo, el perdón del pecado es imposible, y solo el Hijo de Dios puede perdonar el pecado.
Por lo tanto, la capacidad del hombre de identificarse con su objetivo, aunque la razón y sus sentidos lo nieguen, es prueba del nacimiento de Cristo en él.
Rendirse pasivamente a las apariencias e inclinarse ante la evidencia de los hechos es confesar que Cristo aún no ha nacido en ti.
Aunque esta enseñanza me chocó y me repelió al principio (pues yo era un cristiano convencido y sincero, y entonces no sabía que el cristianismo no podía heredarse por el simple accidente del nacimiento, sino que debía adoptarse conscientemente como forma de vida), más tarde se fue introduciendo, a través de visiones, revelaciones místicas y experiencias prácticas, en mi entendimiento, y encontró su interpretación en un estado de ánimo más profundo. Pero debo confesar que es un momento difícil cuando se sacuden aquellas cosas que uno siempre ha dado por sentado.
“¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.” (Marcos 13:2)
No quedará ni una piedra del entendimiento literal después de beber el agua del significado psicológico.
Todo lo que ha sido edificado por la religión natural es arrojado a las llamas del fuego mental. Sin embargo, ¿qué mejor manera hay de comprender a Cristo Jesús que identificar al personaje central de los Evangelios con la imaginación humana, sabiendo que, cada vez que ejerces tu imaginación con amor en favor de otro, estás literalmente mediando a Dios ante el hombre y con ello alimentando y vistiendo a Cristo Jesús, y que, cada vez que imaginas el mal contra otro, estás literalmente golpeando y crucificando a Cristo Jesús?
Toda imaginación del hombre es la copa de agua fría o la esponja de vinagre para los labios resecos de Cristo.
“Que ninguno de vosotros imagine mal en su corazón contra su prójimo”, advirtió el profeta Zacarías [8:17].
Cuando el hombre atiende a este consejo, despertará del sueño impuesto de Adán a la plena consciencia del Hijo de Dios. “Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció” [aprox., Juan 1:10]: la Imaginación Humana.
Me pregunté muchas veces: “Si mi imaginación es Cristo Jesús, y todas las cosas son posibles para Cristo Jesús, ¿son todas las cosas posibles para mí?”.
A través de la experiencia, he llegado a saber que, cuando me identifico con mi objetivo en la vida, entonces Cristo está despierto en mí.
Cristo es suficiente para todas las cosas. [“Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad”, Colosenses 2:9,10; “bástate mi gracia”, 2 Corintios 12:9]
“Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo por mí mismo la pongo.” (Juan 10:17,18)
¡Qué consuelo es saber que todo lo que experimento es el resultado de mi propio patrón de creencias, que soy el centro de mi propia red de circunstancias, y que a medida que yo cambio, también debe cambiar mi mundo exterior!
El mundo presenta diferentes apariencias según difieren nuestros estados de consciencia. Lo que vemos cuando estamos identificados con un estado no puede verse cuando ya no estamos fusionados con él.
Por estado se entiende todo aquello que el hombre cree y consiente como verdadero.
Ninguna idea presentada a la mente puede realizarse a sí misma a menos que la mente la acepte.
De la aceptación, del estado con el que estamos identificados, depende cómo se presentan las cosas. En la fusión de la imaginación y los estados se encuentra la configuración del mundo tal como parece ser. El mundo es una revelación de los estados con los que la imaginación está fusionada. Es el estado desde el cual pensamos lo que determina el mundo objetivo en el que vivimos. El hombre rico, el hombre pobre, el hombre bueno, el ladrón, son lo que son en virtud de los estados desde los cuales contemplan el mundo. De la distinción entre estos estados depende la distinción entre los mundos de estos hombres. Así de diferente es, individualmente, este mismo mundo. No son las acciones y el comportamiento del hombre bueno lo que debe igualarse, sino su punto de vista.
Las reformas externas son inútiles si el estado interior no cambia.
El éxito no se logra imitando las acciones externas de quienes tienen éxito, sino mediante las acciones internas correctas y el diálogo interno correcto.
Si nos desprendemos de un estado, y podemos hacerlo en cualquier momento, las condiciones y circunstancias a las que esa unión dio existencia se desvanecen.
Fue en el otoño de 1933, en la ciudad de Nueva York, cuando me acerqué a Abdullah con un problema. Él me hizo una sola pregunta sencilla: “¿Qué quieres?”.
Le dije que me gustaría pasar el invierno en Barbados, pero que estaba sin dinero. Literalmente no tenía ni un centavo.
“Si te imaginas estando en Barbados”, dijo él, “pensando y contemplando el mundo desde ese estado de consciencia en lugar de pensar en Barbados, pasarás el invierno allí. No debes preocuparte por los medios y maneras de llegar hasta allá, porque el estado de consciencia de ya estar en Barbados, si es ocupado por tu imaginación, ideará los medios más adecuados para realizarse a sí mismo”.
El hombre vive comprometiéndose con estados invisibles, fusionando su imaginación con aquello que sabe que es distinto de sí mismo, y en esa unión experimenta los resultados de esa fusión.
Nadie puede perder lo que tiene, salvo por desprenderse del estado en el que las cosas experimentadas tienen su vida natural.
“Debes imaginarte a ti mismo justo dentro del estado de tu deseo cumplido”, me dijo Abdullah, “y quedarte dormido contemplando el mundo desde Barbados”.
El mundo que describimos a partir de la observación debe ser, en relación con nosotros mismos, tal como lo describimos.
Nuestra imaginación nos conecta con el estado deseado.
Pero debemos usar la imaginación con maestría, no como un espectador que piensa en el fin, sino como un partícipe que piensa desde el fin.
Debemos estar realmente allí en la imaginación.
Si hacemos esto, nuestra experiencia subjetiva se realizará objetivamente.
“Esto no es mera fantasía”, dijo él, “sino una verdad que puedes comprobar por experiencia”.
Su llamado a entrar en el deseo cumplido era el secreto de pensar desde el fin. Todo estado ya está ahí como “mera posibilidad” mientras lo pienses, pero se vuelve abrumadoramente real cuando piensas desde él. Pensar desde el fin es el camino de Cristo.
Comencé allí mismo, en ese instante, fijando mis pensamientos más allá de los límites de los sentidos, más allá del aspecto al que mi estado presente daba existencia, hacia el sentimiento de ya estar en Barbados y contemplar el mundo desde ese punto de vista.
Él subrayó la importancia del estado desde el cual el hombre contempla el mundo al quedarse dormido. Todos los profetas afirman que la voz de Dios la escucha el hombre principalmente en sueños:
“En sueños, en visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y les señala su instrucción.” (Job 33:15,16)
Esa noche, y durante varias noches después, me dormí en la asunción de que estaba en la casa de mi padre en Barbados. En el plazo de un mes, recibí una carta de mi hermano, diciéndome que tenía un fuerte deseo de reunir a la familia en Navidad y pidiéndome que usara el pasaje de barco que adjuntaba para Barbados. Zarpé dos días después de recibir la carta de mi hermano y pasé un invierno maravilloso en Barbados.
Esta experiencia me ha convencido de que el hombre puede ser cualquier cosa que desee si hace habitual la concepción y piensa desde el fin.
También me ha mostrado que ya no puedo excusarme culpando al mundo de las cosas externas: que mi bien y mi mal no dependen de nada más que de mí mismo, que es del estado desde el cual contemplo el mundo de lo que depende cómo se presentan las cosas.
El hombre, que es libre en su elección, actúa a partir de concepciones que elige libremente, aunque no siempre con sabiduría. Todos los estados concebibles esperan nuestra elección y ocupación, pero ninguna cantidad de racionalización nos otorgará por sí misma el estado de consciencia, que es lo único que vale la pena tener.
La imagen imaginativa es lo único que hay que buscar.
El propósito último de la imaginación es crear en nosotros “el espíritu de Jesús”, que es el perdón continuo del pecado, la identificación continua del hombre con su ideal.
Solo identificándonos con nuestro objetivo podemos perdonarnos por haberlo errado. Todo lo demás es trabajo en vano. En este camino, a cualquier lugar o estado al que llevemos nuestra imaginación, hacia ese lugar o estado también gravitaremos físicamente.
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:2,3)
Al dormir en la casa de mi padre en mi imaginación como si durmiera allí en la carne, fusioné mi imaginación con ese estado y fui obligado a experimentar ese estado también en la carne.
Tan vívido fue este estado para mí que podría haber sido visto en la casa de mi padre si algún sensitivo hubiera entrado en la habitación donde, en imaginación, yo estaba durmiendo. Un hombre puede ser visto donde en imaginación está, porque un hombre debe estar donde está su imaginación, porque su imaginación es él mismo.
Esto lo sé por experiencia, porque fui visto por unos pocos ante quienes deseaba ser visto, cuando físicamente me encontraba a cientos de millas de distancia.
Yo, por la intensidad de mi imaginación y mi sentimiento, al imaginarme y sentirme estar en Barbados en lugar de simplemente pensar en Barbados, había atravesado el vasto Atlántico para influir en mi hermano y hacer que deseara mi presencia para completar el círculo familiar en Navidad.
Pensar desde el fin, desde el sentimiento de mi deseo cumplido, fue la fuente de todo lo que ocurrió como causa externa, como el impulso de mi hermano de enviarme un pasaje de barco; y fue también la causa de todo lo que apareció como resultado.
En Ideas of Good and Evil, W. B. Yeats, tras describir algunas experiencias similares a esta experiencia mía, escribe:
“Si todos los que han descrito acontecimientos como este no han soñado, deberíamos reescribir nuestras historias, pues todos los hombres, ciertamente todos los hombres imaginativos, deben estar por siempre lanzando hechizos, encantamientos, ilusiones; y todos los hombres, especialmente los hombres tranquilos que no tienen una vida egoísta poderosa, deben estar continuamente cayendo bajo su poder.” (W. B. Yeats, Ideas of Good and Evil)
La imaginación decidida, que piensa desde el fin, es el comienzo de todos los milagros.
Me gustaría infundirte una fe inmensa en los milagros, pero un milagro no es más que el nombre que dan a las obras de la imaginación aquellos que no tienen conocimiento del poder y la función de la imaginación.
Imaginarse a uno mismo dentro del sentimiento del deseo cumplido es el medio por el cual se entra en un nuevo estado. Esto le da al estado la cualidad de ser.
Hermes nos dice:
“Aquello que es, está manifestado; aquello que ha sido o será, no está manifestado, pero no está muerto; porque el Alma, la actividad eterna de Dios, anima todas las cosas.” (Hermes, Hermética)
El futuro debe convertirse en presente en la imaginación de aquel que desee crear circunstancias de forma sabia y consciente.
Debemos traducir la visión en Ser, el pensar en al pensar desde. La imaginación debe centrarse en algún estado y contemplar el mundo desde ese estado. Pensar desde el fin es una percepción intensa del mundo del deseo cumplido.
Pensar desde el estado deseado es vivir de forma creativa.
La ignorancia de esta capacidad de pensar desde el fin es esclavitud.
Es la raíz de toda esclavitud a la que el hombre está atado. Rendirse pasivamente a la evidencia de los sentidos subestima las capacidades del Yo Interior.
Una vez que el hombre acepta pensar desde el fin como un principio creativo con el que puede cooperar, queda redimido del absurdo de intentar alguna vez lograr su objetivo simplemente pensando en él.
Construye todos los fines de acuerdo con el patrón del deseo cumplido.
Toda la vida no es más que el apaciguamiento del hambre, y los infinitos estados de consciencia desde los cuales un hombre puede contemplar el mundo son puramente un medio de satisfacer esa hambre.
El principio sobre el cual se organiza cada estado es alguna forma de hambre por elevar la pasión de la autogratificación a niveles de experiencia cada vez más elevados.
El deseo es el resorte principal de la maquinaria mental. Es algo bendito. Es un anhelo justo y natural que tiene, como su satisfacción justa y natural, un estado de consciencia.
“Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta.” (Filipenses 3:13,14)
Es necesario tener un objetivo en la vida. Sin un objetivo, vamos a la deriva. “¿Qué quieres de Mí?” [“¿Qué quieres que te haga?”, Lucas 18:41] es la pregunta implícita que formula con más frecuencia la figura central de los Evangelios. Al definir tu objetivo, debes desearlo.
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.” (Salmos 42:1)
Es la falta de esta dirección apasionada en la vida lo que hace que el hombre fracase en su realización.
El tender el puente entre el deseo (pensar en) y la satisfacción (pensar desde) es de suma importancia.
Debemos movernos mentalmente de pensar en el fin a pensar desde el fin.
Esto, la razón jamás podría hacerlo. Por su naturaleza, está restringida a la evidencia de los sentidos; pero la imaginación, al no tener tal limitación, sí puede.
El deseo existe para ser gratificado en la actividad de la imaginación.
A través de la imaginación, el hombre escapa de la limitación de los sentidos y de la esclavitud de la razón.
No hay quien detenga al hombre que puede pensar desde el fin. Nada puede detenerlo. Él crea los medios y crece hasta salir de la limitación hacia moradas del Señor cada vez más grandes.
No importa lo que haya sido ni lo que sea. Lo único que importa es “¿qué quiere?”. Él sabe que el mundo es una manifestación de la actividad mental que ocurre dentro de sí mismo, así que se esfuerza por determinar y controlar los fines desde los cuales piensa.
En su imaginación mora en el fin, confiado en que morará allí también en la carne. Pone toda su confianza en el sentimiento del deseo cumplido y vive comprometiéndose con ese estado, porque el arte de la fortuna consiste en impulsarlo a actuar así.
Como el hombre en el estanque de Betesda, está listo para el movimiento de las aguas de la imaginación.
Sabiendo que todo deseo es grano maduro para quien sabe pensar desde el fin, es indiferente a la mera probabilidad razonable, y confía en que, a través de la imaginación continua, sus asunciones se cristalizarán en hechos.
Pero cómo persuadir a los hombres en todas partes de que pensar desde el fin es la única manera de vivir, cómo fomentarlo en cada actividad del hombre, cómo revelarlo como la plenitud de la vida y no como la compensación del decepcionado: ese es el problema.
La vida es algo controlable.
Puedes experimentar lo que desees una vez que te des cuenta de que eres Su Hijo, y de que eres lo que eres en virtud del estado de consciencia desde el cual piensas y contemplas el mundo.
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.” (Lucas 15:31)
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✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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