Este capítulo forma parte del libro Libertad para Todos (1942).
Puedes consultar el índice general para ver el recorrido completo.
Capítulo 7: EL DESEO, LA PALABRA DE DIOS
“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para lo cual la envié.” (Isaías 55:11)
Dios te habla a través del medio de tus deseos básicos. Tus deseos básicos son palabras de promesa o profecías que contienen dentro de sí mismas el plan y el poder de la expresión.
Por deseo básico se entiende tu objetivo real. Los deseos secundarios tienen que ver con el modo de realizarlo. Dios, tu YO SOY, te habla a ti, el estado consciente condicionado, a través de tus deseos básicos. Los deseos secundarios o modos de expresión son los secretos de tu YO SOY, el Padre omnisapiente. Tu Padre, el YO SOY, revela el primero y el último: “Yo soy el principio y el fin” (Apocalipsis 22:13), pero nunca revela el medio o el secreto de Sus caminos; es decir, el primero se revela como la palabra, tu deseo básico. El último es su cumplimiento, la palabra hecha carne. El segundo o el medio, el plan de despliegue, nunca le es revelado al hombre sino que permanece para siempre como el secreto del Padre.
“Porque yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida.” (Apocalipsis 22:18-19)
Las palabras de profecía de las que se habla en el libro del Apocalipsis son tus deseos básicos, que no deben condicionarse más. El hombre constantemente añade y quita de estas palabras. Sin saber que el deseo básico contiene el plan y el poder de la expresión, el hombre siempre está comprometiendo y complicando su deseo. Aquí hay una ilustración de lo que el hombre le hace a la palabra de profecía, sus deseos.
El hombre desea liberarse de su limitación o problema. Lo primero que hace después de definir su objetivo es condicionarlo a algo más. Comienza a especular sobre el modo de adquirirlo. Sin saber que la cosa deseada tiene su propio modo de expresión, empieza a planear cómo va a obtenerla, añadiendo así a la palabra de Dios. Si, por el contrario, no tiene ningún plan ni concepción en cuanto al cumplimiento de su deseo, entonces compromete su deseo modificándolo. Siente que si se conforma con menos de su deseo básico, entonces podría tener una mejor oportunidad de realizarlo. Al hacerlo, quita de la palabra de Dios. Los individuos y las naciones por igual violan constantemente esta ley de su deseo básico tramando y planeando la realización de sus ambiciones; con ello añaden a la palabra de profecía, o bien ceden en sus ideales, quitando así de la palabra de Dios. El resultado inevitable es la muerte y las plagas, o el fracaso y la frustración, tal como se promete para tales violaciones.
Dios le habla al hombre únicamente a través del medio de sus deseos básicos. Tus deseos están determinados por tu concepción de ti mismo. En sí mismos no son ni buenos ni malos.
“Yo sé y estoy persuadido por el Señor Jesucristo que nada es inmundo en sí mismo; pero para el que estima algo como inmundo, para él es inmundo.” (Romanos 14:14)
Tus deseos son el resultado natural y automático de tu concepción actual de ti mismo. Dios, tu conciencia no condicionada, es impersonal y no hace distinción de personas. Tu conciencia no condicionada, Dios, le da a tu conciencia condicionada, el hombre, a través del medio de tus deseos básicos, aquello que tu estado condicionado, tu concepción actual de ti mismo, cree que necesita.
Mientras permanezcas en tu estado consciente actual, seguirás deseando aquello que ahora deseas. Cambia tu concepción de ti mismo y automáticamente cambiarás la naturaleza de tus deseos.
Los deseos son estados de conciencia que buscan encarnarse. Son formados por la conciencia del hombre y pueden ser fácilmente expresados por el hombre que los ha concebido. Los deseos se expresan cuando el hombre que los ha concebido asume la actitud mental que sería la suya si los estados deseados ya estuvieran expresados. Ahora bien, dado que los deseos, independientemente de su naturaleza, pueden expresarse tan fácilmente mediante actitudes mentales fijas, debe darse una palabra de advertencia a quienes aún no han realizado la unidad de la vida y no conocen la verdad fundamental de que la conciencia es Dios, la única y verdadera realidad. Esta advertencia le fue dada al hombre en la famosa Regla de Oro:
“Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti.”
Puedes desear algo para ti mismo o puedes desear algo para otro. Si tu deseo concierne a otro, asegúrate de que la cosa deseada sea aceptable para ese otro.
La razón de esta advertencia es que tu conciencia es Dios, el dador de todos los dones. Por tanto, aquello que sientes y crees verdadero de otro es un don que le has dado. El don que no es aceptado regresa al dador. Asegúrate muy bien entonces de que desearías poseer el don tú mismo, pues si fijas una creencia dentro de ti mismo como verdadera de otro y él no acepta ese estado como verdadero de sí mismo, ese don no aceptado se encarnará dentro de tu mundo. Escucha y acepta siempre como verdadero de los demás aquello que desearías para ti mismo. Al hacerlo estás construyendo el cielo en la tierra. “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti” se basa en esta ley. Acepta como verdaderos de los demás únicamente aquellos estados que aceptarías voluntariamente como verdaderos de ti mismo, para que puedas crear constantemente el cielo en la tierra. Tu cielo está definido por el estado de conciencia en que vives, un estado compuesto por todo lo que aceptas como verdadero de ti mismo y verdadero de los demás. Tu entorno inmediato está definido por tu propia concepción de ti mismo más tus convicciones respecto a los demás que no han sido aceptadas por ellos.
Tu concepción de otro que no es la concepción que él tiene de sí mismo es un don que te es devuelto.
Las sugerencias, como la propaganda, son bumeranes a menos que sean aceptadas por aquellos a quienes se envían. Así que tu mundo es un don que te has dado a ti mismo. La naturaleza del don está determinada por tu concepción de ti mismo más los dones no aceptados que ofreciste a los demás. No te equivoques al respecto; la ley no hace distinción de personas. Descubre la ley de la autoexpresión y vive por ella; entonces serás libre. Con esta comprensión de la ley, define tu deseo; sabe exactamente lo que quieres; asegúrate de que sea deseable y aceptable.
El hombre sabio y disciplinado no ve ningún obstáculo para la realización de su deseo; no ve nada que destruir. Con una actitud mental fija reconoce que la cosa deseada ya está plenamente expresada, pues sabe que un estado subjetivo fijo tiene modos y medios de expresarse que ningún hombre conoce.
“Antes de que pregunten, ya he respondido” (Isaías 65:24)
“Tengo caminos que vosotros no conocéis”; “Mis caminos son inescrutables.” (Romanos 11:33)
El hombre indisciplinado, por el contrario, ve constantemente oposición al cumplimiento de su deseo y, a causa de la frustración, forma deseos de destrucción que cree firmemente que deben expresarse antes de que su deseo básico pueda realizarse. Cuando el hombre descubra esta ley de una sola conciencia comprenderá la gran sabiduría de la Regla de Oro y así vivirá por ella y se demostrará a sí mismo que el reino de los cielos está en la tierra.
Comprenderás por qué debes “hacer a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti.” Sabrás por qué debes vivir por esta Regla de Oro porque descubrirás que es simplemente sentido común hacerlo, ya que la regla está basada en la ley inmutable de la vida y no hace distinción de personas. La conciencia es la única y verdadera realidad. El mundo y todo lo que hay en él son estados de conciencia objetivados. Tu mundo está definido por tu concepción de ti mismo MÁS TUS CONCEPCIONES DE LOS DEMÁS que no son las concepciones que ellos tienen de sí mismos.
La historia de la Pascua tiene por objeto ayudarte a dar la espalda a las limitaciones del presente y pasar a un estado mejor y más libre. La sugerencia de “Seguid al hombre que lleva el cántaro de agua” (Lucas 22:10) fue dada a los discípulos para guiarlos a la última cena o la fiesta de la Pascua. El hombre con el cántaro de agua es el undécimo discípulo, Simón de Canaán, la cualidad disciplinada de la mente que solo escucha estados dignos, nobles y bondadosos. La mente disciplinada para escuchar solo lo bueno se alimenta de estados buenos y así encarna lo bueno en la tierra. Si tú también quisieras asistir a la última cena, la gran fiesta de la Pascua, entonces sigue a este hombre. Asume esta actitud mental simbolizada como el “hombre con el cántaro de agua” y vivirás en un mundo que es verdaderamente el cielo en la tierra. La fiesta de la Pascua es el secreto de cambiar tu conciencia. Apartas tu atención de tu concepción actual de ti mismo y asumes la conciencia de ser aquello que quieres ser, pasando así de un estado a otro. Esta hazaña se logra con la ayuda de los doce discípulos, que son las doce cualidades disciplinadas de la mente.
✧ Fuente: Cool Wisdom Books
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
Archivo Neville Goddard en español.
📖 Archivo completo de libros y conferencias traducidas.
Lo que acabas de leer es uno de los 14 libros que Neville escribió. Todos tienen casos reales y/o técnicas para aplicar hoy. Cada lunes te mando el avance, directo al correo. Suscríbete gratis.




