Este capítulo forma parte del libro Tu fe es tu fortuna (1941).
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Capítulo 23: Sed oídos que oigan
«Dejad que estas palabras desciendan hasta vuestros oídos, porque el Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres.» —Lucas 9:44.
Dejad que estas palabras desciendan hasta vuestros oídos, porque el Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres. No seáis como aquellos que tienen ojos que no ven y oídos que no oyen. Dejad que estas revelaciones desciendan profundamente en vuestros oídos, pues después de que el Hijo (la idea) es concebido, el hombre con sus falsos valores (la razón) intentará explicar el porqué y el para qué de la expresión del Hijo, y al hacerlo lo despedazará.
Después de que los hombres han acordado que cierta cosa es humanamente imposible y, por lo tanto, no puede hacerse, dejad que alguien realice esa cosa imposible; los sabios que dijeron que no podía hacerse comenzarán a deciros por qué y cómo ocurrió. Después de que hayan terminado de desgarrar la túnica sin costura (causa de la manifestación), estarán tan lejos de la verdad como lo estaban cuando proclamaron que era imposible. Mientras el hombre busque la causa de la expresión en lugares distintos del que expresa, buscará en vano.
Durante miles de años se le ha dicho al hombre: «YO SOY la resurrección y la vida». «Ninguna manifestación viene a mí si no la atraigo», pero el hombre no lo cree. Prefiere creer en causas fuera de sí mismo. En el momento en que aquello que no era visto se vuelve visible, el hombre está listo para explicar la causa y el propósito de su aparición. Así, el Hijo del Hombre (la idea que desea manifestarse) está constantemente siendo destruido en manos (la explicación razonable o la sabiduría) del hombre.
Ahora que tu conciencia se te ha revelado como la causa de toda expresión, no regreses a la oscuridad de Egipto con sus muchos dioses. Hay un solo Dios. El único y verdadero Dios es tu conciencia.
«Y todos los habitantes de la tierra son tenidos por nada».
«Y él hace según su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano ni decirle: ¿qué haces?»
Si todo el mundo estuviera de acuerdo en que cierta cosa no podría expresarse y, aun así, tú te hicieras consciente de ser aquello que ellos habían acordado que no podía expresarse, tú lo expresarías. Tu conciencia nunca pide permiso para expresar aquello que eres consciente de ser. Lo hace naturalmente y sin esfuerzo, a pesar de la sabiduría del hombre y de toda oposición.
«No saludéis a nadie por el camino».
Esto no es un mandato de ser insolente o poco amable, sino un recordatorio de no reconocer a ningún superior, de no ver en nadie una barrera para tu expresión. Nadie puede detener tu mano ni cuestionar tu capacidad de expresar aquello de lo que eres consciente de ser. No juzgues según las apariencias de una cosa, «porque todos son como nada a los ojos de Dios». Cuando los discípulos, al juzgar por las apariencias, vieron al niño endemoniado, pensaron que era un problema más difícil de resolver que otros que habían visto; y así fracasaron en lograr su curación. Al juzgar por las apariencias olvidaron que todas las cosas eran posibles para Dios. Hipnotizados por la realidad de las apariencias, no pudieron sentir la naturalidad de la cordura.
La única manera de evitar tales fracasos es tener constantemente presente que tu conciencia es el Todopoderoso, la presencia omnisciente; sin ayuda, esta presencia desconocida dentro de ti proyecta sin esfuerzo aquello de lo que eres consciente de ser. Sé perfectamente indiferente a la evidencia de los sentidos, para que puedas sentir la naturalidad de tu deseo, y tu deseo será realizado. Aparta tu atención de las apariencias y siente la naturalidad de esa percepción perfecta dentro de ti mismo, una cualidad que nunca debe ser desconfiada ni puesta en duda. Su entendimiento nunca te llevará por mal camino. Tu deseo es la solución de tu problema. Cuando el deseo se realiza, el problema se disuelve.
No puedes forzar nada exteriormente ni siquiera con el más poderoso esfuerzo de la voluntad. Solo hay una manera de ordenar las cosas que deseas, y es asumiendo la conciencia de las cosas deseadas. Existe una gran diferencia entre sentir una cosa y simplemente conocerla intelectualmente. Debes aceptar sin reservas el hecho de que, al poseer (sentir) una cosa en la conciencia, has ordenado la realidad que hace que llegue a existir en forma concreta. Debes estar absolutamente convencido de que existe una conexión ininterrumpida entre la realidad invisible y su manifestación visible. Tu aceptación interior debe convertirse en una convicción intensa e inalterable que trascienda tanto la razón como el intelecto, renunciando por completo a cualquier creencia en la realidad de la manifestación externa, excepto como reflejo de un estado interior de conciencia. Cuando realmente comprendas y creas estas cosas habrás construido una certeza tan profunda que nada podrá sacudirte.
Tus deseos son las realidades invisibles que responden solo a los mandatos de Dios. Dios ordena a lo invisible que aparezca al afirmarse a sí mismo como aquello que ordena. «Se hizo igual a Dios y no consideró robo hacer las obras de Dios». Ahora deja que esta frase descienda profundamente en tu oído:
“Sé consciente de ser aquello que quieres que aparezca.”
✧ Fuente: Law Of Attraction Haven
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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