Este capítulo forma parte del libro Tiempo de Siembra y Cosecha (1956).
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Capítulo II · Los cuatro poderosos
“Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos.” Génesis 2:10
“Y cada uno tenía cuatro rostros:...” Ezequiel 10:14
“He aquí, yo veo cuatro varones sueltos, que caminan en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante al Hijo de Dios.” Daniel 3:25
“Cuatro poderosos hay en cada hombre.” William Blake, Vala, o Los cuatro Zoas
Los “cuatro poderosos” constituyen la Identidad del hombre, o Dios en el hombre. Hay “cuatro poderosos” en cada hombre, pero estos “cuatro poderosos” no son cuatro seres separados, distintos unos de otros como lo son los dedos de la mano. Los “cuatro poderosos” son cuatro aspectos diferentes de su mente, y difieren entre sí en función y carácter, sin ser por ello cuatro yoes separados que habitan el cuerpo de un mismo hombre.
Los “cuatro poderosos” pueden equipararse a los cuatro caracteres hebreos, יהוה, que forman el nombre misterioso de cuatro letras del Poder Creador, y que combinan en sí mismos las formas pasada, presente y futura del verbo “ser”. El Tetragrámaton es venerado como el símbolo del Poder Creador en el hombre (YO SOY), las cuatro funciones creadoras en el hombre que se extienden para realizar, en fenómenos materiales reales, cualidades latentes en Sí mismo.
Podemos comprender mejor a los “cuatro poderosos” comparándolos con los cuatro personajes más importantes en la producción de una obra de teatro.
“Todo el mundo es un escenario,
y todos los hombres y mujeres, meros actores;
tienen sus salidas y sus entradas,
y un mismo hombre, en su tiempo, representa muchos papeles...”
William Shakespeare, Como gustéis, Acto II, Escena VII
El productor, el autor, el director y el actor son los cuatro personajes más importantes en la producción de una obra de teatro. En el drama de la vida, la función del productor es sugerir el tema de la obra. Esto lo hace en forma de deseo, como, por ejemplo: “Ojalá tuviera éxito”; “Ojalá pudiera hacer un viaje”; “Ojalá estuviera casado”, y así sucesivamente. Pero, para aparecer en el escenario del mundo, estos temas generales deben especificarse de algún modo y elaborarse en detalle. No basta con decir “Ojalá tuviera éxito”: eso es demasiado vago. ¿Éxito en qué? Sin embargo, el primer “poderoso” solo sugiere un tema.
La dramatización del tema queda a cargo de la originalidad del segundo “poderoso”, el autor. Al dramatizar el tema, el autor escribe solamente la última escena de la obra, pero esa escena la escribe en detalle. La escena debe dramatizar el deseo cumplido. Él construye mentalmente una escena lo más parecida posible a la vida, de lo que experimentaría si hubiera realizado su deseo. Cuando la escena queda claramente visualizada, el trabajo del autor está hecho.
El tercer “poderoso” en la producción de la obra de la vida es el director. Las tareas del director son velar por que el actor se mantenga fiel al guion, y ensayarlo una y otra vez hasta que resulte natural en el papel. Esta función puede compararse con una atención controlada y dirigida conscientemente: una atención enfocada exclusivamente en la acción que implica que el deseo ya está realizado.
“El aspecto del Cuarto es semejante al Hijo de Dios”: la imaginación humana, el actor. Este cuarto “poderoso” realiza dentro de sí mismo, en la imaginación, la acción predeterminada que implica el cumplimiento del deseo. Esta función no visualiza ni observa la acción. Esta función, en cambio, representa realmente el drama, y lo hace una y otra vez hasta que adquiere los tonos de la realidad. Sin la visión dramatizada del deseo cumplido, el tema sigue siendo un simple tema y duerme para siempre en las vastas cámaras de los temas no nacidos. Tampoco, sin la atención cooperante, obediente a la visión dramatizada del deseo cumplido, alcanzará la visión percibida la realidad objetiva.
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Los “cuatro poderosos” son las cuatro partes del alma humana. El primero es el Rey de Jehová, que sugiere el tema; el segundo es el siervo de Jehová, que elabora fielmente el tema en una visión dramática; el tercero es el hombre de Jehová, que estuvo atento y obediente a la visión del deseo cumplido, y que trae de vuelta la imaginación errante al guion, “setenta veces siete”. La “forma del Cuarto” es el propio Jehová, que representa el tema dramatizado en el escenario de la mente.
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús: el cual, siendo en forma de Dios, no consideró un robo ser igual a Dios: . . .”1 Filipenses 2:5, 6
El drama de la vida es un esfuerzo conjunto de las cuatro partes del alma humana.
“Todo lo que contemplas, aunque parezca estar afuera, está dentro, en tu imaginación, de la cual este mundo de mortalidad no es más que una sombra.” William Blake, Jerusalem
Todo lo que contemplamos es una construcción visual ideada para expresar un tema, un tema que ha sido dramatizado, ensayado y representado en otro lugar. Lo que presenciamos en el escenario del mundo es una construcción óptica concebida para expresar los temas que han sido dramatizados, ensayados y representados en la imaginación de los hombres.
Los “cuatro poderosos” constituyen la Identidad del hombre, o Dios en el hombre: y todo lo que el hombre contempla, aunque parezca estar afuera, no son más que sombras proyectadas sobre la pantalla del espacio, construcciones ópticas ideadas por la Identidad para informarle acerca de los temas que él ha concebido, dramatizado, ensayado y representado dentro de sí mismo.
“La criatura fue sujeta a vanidad”, para que pueda volverse consciente de su Identidad y de sus funciones, pues con la conciencia de la Identidad y sus funciones, puede actuar con un propósito; puede tener una historia autodeterminada conscientemente. Sin conciencia, actúa inconscientemente, y clama a un Dios objetivo para que lo salve de su propia creación.
“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?” Habacuc 1:2
Cuando el hombre descubre que la vida es una obra que él mismo está escribiendo, consciente o inconscientemente, dejará de torturarse ciegamente juzgando a los demás. En su lugar, reescribirá la obra para ajustarla a su ideal, pues comprenderá que todo cambio en la obra debe provenir de la cooperación de los “cuatro poderosos” dentro de sí mismo. Solo ellos pueden alterar el guion y producir el cambio.
Todos los hombres y mujeres en su mundo son meros actores, y son tan incapaces de cambiar su obra como lo son los actores en la pantalla del cine para cambiar la película. El cambio deseado debe ser concebido, dramatizado, ensayado y representado en el teatro de su mente. Cuando la cuarta función, la imaginación, haya completado su tarea de ensayar la versión revisada de la obra hasta que resulte natural, entonces se alzará el telón sobre este mundo aparentemente tan sólido, y los “cuatro poderosos” proyectarán una sombra de la obra real sobre la pantalla del espacio. Hombres y mujeres representarán automáticamente sus papeles para llevar a cabo el cumplimiento del tema dramatizado. Los actores, en razón de sus diversos papeles en el drama del mundo, se vuelven relevantes para el tema dramatizado del individuo y, por ser relevantes, son atraídos hacia su drama. Representarán sus papeles, creyendo fielmente todo el tiempo que fueron ellos mismos quienes iniciaron los papeles que representan. Esto lo hacen porque:
“Tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, . . . yo en ellos, y tú en mí.” Juan 17:21, 23
Yo estoy involucrado en la humanidad. Somos uno. Todos estamos representando los cuatro papeles de productor, autor, director y actor en el drama de la vida. Algunos lo hacemos conscientemente, otros inconscientemente. Es necesario que lo hagamos conscientemente. Solo así podemos tener la certeza de un final perfecto para nuestra obra. Entonces comprenderemos por qué debemos volvernos conscientes de las cuatro funciones del único Dios dentro de nosotros mismos, para poder tener la compañía de Dios como Hijos suyos.
“El hombre no debe conformarse con seguir siendo hombre:
su meta debe apuntar más alto,
porque Dios solo acepta a dioses como compañía..”
Angelus Silesius, El peregrino querúbico
En enero de 1946 llevé a mi esposa y a mi pequeña hija a Barbados, en las Indias Occidentales Británicas, de vacaciones. Sin saber que habría dificultades para conseguir el pasaje de regreso, no habíamos reservado el nuestro antes de salir de Nueva York. Al llegar a Barbados descubrí que solo había dos barcos que servían a las islas, uno desde Boston y otro desde Nueva York. Me dijeron que no había espacio disponible en ninguno de los dos barcos antes de septiembre. Como tenía compromisos en Nueva York para la primera semana de mayo, puse mi nombre en la larga lista de espera para la salida de abril.
Unos días después, el barco procedente de Nueva York estaba anclado en el puerto. Lo observé con mucha atención y decidí que ese era el barco que debíamos tomar. Regresé a mi hotel y determiné una acción interior que sería mía si en verdad estuviéramos navegando en ese barco. Me acomodé en un sillón de mi habitación para perderme en esta acción imaginativa.
En Barbados, tomamos una lancha a motor o un bote de remos mar adentro, hacia las aguas profundas del puerto, cuando embarcamos en un vapor grande. Yo sabía que debía captar la sensación de que estábamos navegando en ese barco. Elegí la acción interior de bajar de la lancha y subir por la pasarela del vapor. La primera vez que lo intenté, mi atención se dispersó después de haber llegado a lo alto de la pasarela. Volví a bajar, y lo intenté una y otra vez.
No recuerdo cuántas veces realicé esta acción en mi imaginación, hasta que llegué a la cubierta y miré hacia atrás, al puerto, con esa sensación de dulce tristeza que da el partir. Estaba feliz de regresar a mi hogar en Nueva York, pero nostálgico al despedirme de aquella hermosa isla y de nuestra familia y amigos. Sí recuerdo que, en uno de mis muchos intentos de subir por la pasarela con la sensación de que estaba zarpando, me quedé dormido. Al despertar, seguí con las actividades sociales habituales del día y de la noche.
A la mañana siguiente, recibí una llamada de la compañía naviera pidiéndome que fuera a sus oficinas a recoger nuestros boletos para la salida de abril. Sentía curiosidad por saber por qué Barbados había sido elegida para recibir la cancelación, y por qué a mí, al final de la larga lista de espera, me correspondía la reserva, pero todo lo que la agente pudo decirme fue que esa mañana habían recibido un cable desde Nueva York ofreciendo pasaje para tres personas. Yo no fui la primera persona a quien llamó, pero, por razones que ella no supo explicar, aquellos a quienes había llamado antes dijeron que ahora les resultaba inconveniente zarpar en abril. Zarpamos el 20 de abril y llegamos a Nueva York la mañana del primero de mayo.
En la producción de mi obra (zarpar en un barco que me llevaría a Nueva York antes del primero de mayo), representé los cuatro personajes más importantes de mi drama. Como productor, decidí zarpar en un barco específico en un momento determinado. Interpretando el papel del autor, escribí el guion: visualicé la acción interior que se ajustaba a la acción exterior que yo tomaría si mi deseo se realizara. Como director, me ensayé a mí mismo, el actor, en aquella acción imaginada de subir por la pasarela, hasta que esa acción se sintió completamente natural.
Hecho esto, los acontecimientos y las personas se movieron con rapidez para ajustarse, en el mundo exterior, a la obra que yo había construido y representado en mi imaginación.
“Vi fluir la visión mística y vivir en los hombres, los bosques, los arroyos,
hasta que ya no pude discernir la corriente de la vida de mis propios sueños.”
George William Russell (AE)
Conté esta historia a una audiencia mía en San Francisco, y una señora entre el público me contó cómo ella había usado la misma técnica de forma inconsciente, cuando era una joven.
El incidente ocurrió en Nochebuena. Ella se sentía muy triste, cansada y compadecida de sí misma. Su padre, a quien adoraba, había muerto repentinamente. No solo sentía esa pérdida en la temporada navideña, sino que la necesidad la había obligado a renunciar a sus planes de ir a la universidad y ponerse a trabajar. Aquella lluviosa Nochebuena viajaba a casa en un tranvía de San Diego. El vagón estaba lleno de la charla alegre de jóvenes felices que volvían a casa por las fiestas. Para ocultar sus lágrimas de quienes la rodeaban, se puso de pie en la parte abierta del frente del vagón y volvió el rostro hacia el cielo, para mezclar sus lágrimas con la lluvia. Con los ojos cerrados, sujetando con fuerza el pasamanos del vagón, esto fue lo que se dijo a sí misma: “Esta no es la sal de las lágrimas que saboreo, sino la sal del mar en el viento. Esto no es San Diego, esto es el Pacífico Sur, y estoy navegando hacia la bahía de Samoa”. Y mirando hacia arriba, en su imaginación, construyó lo que ella imaginaba que era la Cruz del Sur. Se perdió tanto en esta contemplación que todo a su alrededor se desvaneció. De pronto, estaba al final de la línea, en casa.
Dos semanas después, recibió noticias de un abogado en Chicago de que este tenía en su poder tres mil dólares en bonos estadounidenses para ella. Varios años antes, una tía suya había viajado a Europa, con instrucciones de que esos bonos fueran entregados a su sobrina si ella no regresaba a Estados Unidos. El abogado acababa de recibir noticia de la muerte de la tía, y ahora estaba cumpliendo sus instrucciones.
Un mes después, esta joven zarpó hacia las islas del Pacífico Sur. Era de noche cuando entró en la bahía de Samoa. Mirando hacia abajo, podía ver la espuma blanca, como “un hueso en la boca de la dama”, mientras el barco surcaba las olas y traía la sal del mar en el viento. Un oficial de guardia le dijo: “Ahí está la Cruz del Sur”, y al mirar hacia arriba, vio la Cruz del Sur tal como la había imaginado.
En los años que siguieron, tuvo muchas oportunidades de usar su imaginación de forma constructiva, pero como lo había hecho inconscientemente, no se dio cuenta de que había una Ley detrás de todo ello. Ahora que lo comprende, ella también está representando conscientemente sus cuatro papeles principales en el drama cotidiano de su vida, produciendo obras para el bien de los demás, así como para el propio.
“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, y los dividieron en cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.” Juan 19:23
(*) Nota de contexto (traducción bíblica): la Reina Valera 1960 traduce este versículo como “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”, centrada en la idea de no aferrarse. Aquí se sigue la versión King James (”thought it not robbery to be equal with God”), que expresa la idea de que no consideraba un robo ser igual a Dios, matiz que Neville retoma al citar este pasaje.
Nota de contexto (traducción bíblica): la Reina Valera 1960 traduce este versículo como “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”, centrada en la idea de no aferrarse. Aquí se sigue la versión King James (”thought it not robbery to be equal with God”), que expresa la idea de que no consideraba un robo ser igual a Dios, matiz que Neville retoma al citar este pasaje.

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✧ Texto original en inglés: “Seedtime and Harvest, 1956” por Neville Goddard.
© Traducción al español por Indira G. Andrade · La Mente Creadora
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